«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (X)

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e) Liturgia y cultura. Tampoco la danza entra entre las expresiones cristianas de la liturgia. En torno al siglo III algunos grupos gnóstico-docetas quisieron introducir la danza en el culto cristiano; pero no lograron extender sus falsas doctrinas por medio de la danza cultual. Es absurdo querer hacer atractivo el culto introduciendo la danza o los aplausos, pues cuando se produce el aplauso en la celebración litúrgica, podemos estar seguros que se ha perdido la verdadera naturaleza de la liturgia y se trata de sustituirla con atrayentes entretenimientos religiosos. La liturgia es verdaderamente cautivadora sólo cuando va más allá de sí misma y se experimenta la potente presencia de Dios. La cuestión es diversa cuando se trata de piedad popular o de lo que sigue a una celebración litúrgica; todos conocemos danzas religiosas muy respetables en algunos santuarios marianos de España e Iberoamérica. Sigue leyendo

El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (IX)

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c) Estar de rodillas y postrados. Después del último concilio se han escuchado voces afirmando que el arrodillarse y postrarse durante la liturgia es algo ya pasado de moda, pues Cristo nos ha devuelto la libertad. También Aristóteles decía que arrodillarse era un comportamiento propio de bárbaros. Sin embargo, la humillación de Cristo en cruz ha abierto los ojos a los cristianos sobre la conveniencia de contemplar tal misterio de rodillas. En concreto, el estar de rodillas es una herencia bíblica. En el Nuevo Testamento aparece 59 veces la palabra proskynein y de ellas 24 en el Apocalipsis, que es el modelo celeste de la celebración litúrgica  terrena. Y son tres las posturas al respecto, relacionadas, a saber, la postración, el caer a los pies y el arrodillarse. Comencemos por la postración, de la que presentamos dos textos: Josué, antes de la campaña de Jericó, al ver al jefe del ejército del Señor de pie frente a él, “cayó rostro en tierra, adorándolo” (Jos 5, 15). Josué adora a Cristo, el que había de venir, y había de caer rostro en tierra y así rezar en el huerto de los olivos (Mt 26, 39). Lucas, el teólogo de la oración arrodillada, dice que Jesús rezaba al Padre de rodillas, diciendo “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 41-42). En la conformación de nuestra voluntad con la de Dios está el misterio interior de la redención. Sigue leyendo

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (VII)

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IV. LA FORMA LITÚRGICA

1. El rito y los ritos. La palabra rito hoy no suena bien, pues se asocia con la falta de libertad. Sin embargo, el rito significa la manera de dar a Dios el culto adecuado, sentido que se concreta en “el uso comprobado en la administración de los sacrificios”(1).  El significado original del vocablo ortodoxia era éste, a saber, el modo justo de glorificar a Dios o la recta forma de adoración. En concreto, el rito para los cristianos es una forma determinada, que abarca los tiempos y los espacios, en la cual se ha configurado comunitariamente el modelo fundamental de la adoración a Dios, que nos ha sido dado por la fe; a su vez esta adoración compromete toda nuestra vida. El rito es, por tanto, algo fundamental en la liturgia y en todo nuestro quehacer humano y sobre todo eclesial. En este campo se comprenden los ritos esenciales que se han desarrollado en la historia de la Iglesia.

Para presentar estos ritos, podemos partir del canon sexto del Concilio de Nicea, donde se habla de las tres sedes primaciales de la Iglesia con fundamentos petrinos: Roma, Alejandría y Antioquía. La sede antioquena, en la capital de Siria, lugar de origen del cristianismo, fue espacio de grandes controversias cristológicas y también cuna de diversas tradiciones rituales. Entre los ritos siro-occidentales está el maronita en Líbano, y entre los ritos siro-orientales o caldeos-asirios, donde sobresalen las escuelas teológicas de Nísibe y Edesa, está el rito caldeo de Addai y Mari, en Mesopotamia. Los cristianos descendientes de la evangelización de Santo Tomás en la India permanecieron bajo la influencia del rito nestoriano de Mesopotamia hasta el siglo XVI, cuando entraron en la Iglesia católica a la llegada de los portugueses, hasta que en 1653  se dividieron entre los malankares, bajo la influencia ortodoxa de Siria, y los malabares, católicos de Kerala, bajo el rito siro-oriental. En la sede alejandrina sobresalen los ritos copto y etiópico y el rito armenio con influencia bizantina. A partir del siglo IV surge Constantinopla, considerada la nueva Roma, donde San Juan  Crisóstomo llevó la liturgia según los usos de Antioquía y Jerusalén, y fue esta liturgia la que se extendió por el mundo eslavo. Sigue leyendo

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (VI)

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2. Música y liturgia.

Cuando el hombre entra en contacto con Dios la palabra hablada no basta; es preciso cantar, palabra que aparece en el Antiguo Testamento 309 veces y en el Nuevo 36 veces. La primera mención de esta palabra es después del paso del mar rojo, cuando los israelitas se ven liberados de la esclavitud del faraón. “Entonces Moisés y los israelitas cantaron este canto al Señor” (Ex 15, 1). Observando la Iglesia naciente vemos una vez más, como ya se advirtió en el edificio sagrado y en las imágenes, la renovación en la continuidad, pues los cristianos vuelven a entonar el canto de Moisés en la Vigilia Pascual, al sentirse salvados por el Bautismo, y el Salterio se convierte en cantoral cristiano, viendo en Cristo al nuevo Moisés y al nuevo David. El Espíritu Santo inspiró a David y sigue poniendo en nuestros labios la plegaria oportuna y la unción en el corazón. La música sagrada es un carisma, nueva glosolalia, que procede del Espíritu.

Dos son los motivos principales que mueven a cantar según la Sagrada Biblia y según la misma naturaleza humana: el dolor de la opresión y el gozo del amor; sobre todo, el amor, como se advierte en el Cantar de los Cantares, una colección de cantos al amor humano, que fue interpretada ya desde el comienzo como un símbolo del amor de Dios por su pueblo, es decir, la alianza de amor que Dios hizo con su pueblo elegido. Los primeros cristianos, inculturados en la Sinagoga, siguen cantando los salmos ahora en Cristo. Los primeros himnos cristianos están plasmados en el Antiguo Testamento, como el Benedictus, el Magnificat, el Nunc dimittis, y los conocidos himnos cristológicos, cantados ahora en Vísperas, que se encuentran en la Carta a los Filipenses, 2, 6-11 y en la 1ª Carta a Timoteo, 3, 16. En este contexto, ¿qué es la liturgia cristiana sino la celebración de las bodas del Cordero degollado con el pueblo comprado con su sangre? “¿Pueden acaso ayunar los invitados mientras el esposo está con ellos?” (Mc 2, 19). “Cuando os reunís, uno tiene un salmo, otro tiene una enseñanza, otro tiene una revelación, otro tiene don de lenguas, otro tiene una interpretación: hágase todo para edificación” (1 Cor 14, 26). En fin, ya decía San Agustín: cantare amantis est (1).  Sigue leyendo

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (V)

Benedicto y María Reina de la Familia

III. ARTE Y LITURGIA.

1. Sobre las imágenes sacras.  La prohibición veterotestamentaria de fabricar ídolos e imágenes de lo que hay en el cielo (Ex 20, 4) tiene una excepción en los dos querubines de oro colocados en los extremos del propiciatorio (Ex 25, 18). Para San Pablo Cristo es el verdadero misterio de la expiación  y el icono oriental de la Cristo Resucitado se relaciona con el Arca de la Alianza. Acontecimientos del Antiguo Testamento son figurados en las catacumbas romanas en relación con los sacramentos, como el paso del Mar Rojo en relación con el Bautismo y el sacrificio de Isaac en relación con la Eucaristía. La celebración litúrgica hace memoria del pasado y lleva en sus entrañas la esperanza escatológica en el ámbito de la muerte y resurrección de Cristo. Las obras figurativas en la Iglesia primitiva tienen un carácter histórico, sacramental, más allá de lo meramente catequético. Las figuras son miradas, no como retratos, sino como memoria (haggadá) alegórica de lo que se hace presente en la liturgia, como la representación del buen pastor.

Un cambio se produce cuando surgen las primeras imágenes de Cristo acheropita (no hecha por manos humanas) a mediados del siglo VI en oriente, y que pretendían representar el verdadero rostro de Cristo. Esta novedad fascinante fue considerada como una manera de entrar en comunión sacramental con el Señor crucificado y resucitado. Pero esta riqueza provocó el peligro de llegar a adorar la imagen, que explica el movimiento iconoclasta, que llevó a destruir las imágenes, pues no era posible retratar a Cristo. Esta oposición, que ayudó al emperador a no disgustar demasiado a los judíos y musulmanes del imperio, originó la preferencia de la cruz desnuda sobre la imagen. Por este camino se llegó a considerar el icono de Cristo como icono del resucitado, a quien se reconoce sólo después de un tiempo, cuando se abren los ojos, como sucedió a los discípulos de Emaus. Sigue leyendo