>La liturgia es como asomarse del cielo a la tierra (entrevista a Guido Marini, maestro de ceremonias del Papa)

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Escrito por Giovanni Tridente  

Mons. Guido Marini, a quien Benedicto XVI nombró Maestro de las Celebraciones Litúrgicas pontifícias el 1 de enero de 2007, explica en esta entrevista la importancia de la liturgia, la necesidad de una adecuada formación litúrgica y el sentido de algunos cambios en las celebraciones del Papa.
Monseñor, ¿por qué es importante la liturgia?
En la liturgia se hace presente de modo sacramental el misterio de nuestra salvación. Aquel que ha resucitado de la muerte, el Viviente, renueva el sacrificio redentor en virtud de la potencia del Espíritu Santo. De esa manera, mediante el rito litúrgico, el hoy de nuestra vida y de nuestra historia comienza a ser habitado por la eternidad de Dios y por su amor que salva. La liturgia es como el asomarse del cielo sobre la tierra, de modo que la tierra, el mundo de los hombres, es tocado en cierta manera por el cielo, el mundo de Dios, que es Verdad y es Amor.

¿Que conviene hacer, en su opinión, para estimular la participación de los fieles en la Santa Misa?
Se trata de ayudar a entender que la participación en la liturgia es, sobre todo, la entrada de nuestra vida en otra Vida, la de Dios. En el rito litúrgico celebramos una acción que nos precede, y que nos es donada para que se convierta en nuestra. Me refiero a la acción del Señor Jesús, que ofrece su vida al Padre para la salvación del mundo. Se participa activamente en la celebración litúrgica si uno se deja implicar en esta acción sagrada, si se abre al don de esta nueva Vida, que es amor y que realmente nos hace cada vez más cristianos o, en otras palabras, hijos en el Hijo, conformes con la voluntad de Dios.
En este sentido, participación significa conformación progresiva con el Señor Jesús, asimilación cada vez más fiel a aquello que San Pablo define como el “pensamiento de Cristo”.
La participación, además, requiere también una actividad dentro del rito litúrgico, según las precisas indicaciones de la Iglesia al respecto. Esta actividad es importante, no cabe duda. También porque es expresión de la diversidad y complementariedad de los miembros del Cuerpo de Cristo.
Sin embargo, no serviría de nada si no contribuyese a realizar aquel grado de participación que es la transformación de nuestra vida en Cristo, a partir del encuentro con el misterio celebrado.
Desde que asumió el encargo como Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias se han notado algunos cambios en las celebraciones del Papa…
Apenas me llegó la noticia de mi nombramiento como Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, me propuse ser en lo posible un servidor fiel del Santo Padre y de su vida litúrgica, esforzándome por colaborar para que la liturgia papal fuese lo más posible expresión de sus orientaciones y de sus indicaciones. La liturgia papal es la liturgia del Papa, ejemplo para la liturgia de toda la Iglesia, verdadero magisterio litúrgico ofrecido a todos. Por eso debe ser siempre la fiel expresión del pensamiento litúrgico del Papa.
Benedicto XVI utiliza desde hace algún tiempo ornamentos cada vez más diversos, y en un cierto sentido “vistosos”, que pertenecieron también a sus predecesores. ¿Por qué?
No diría precisamente “vistosos”. En realidad, el Santo Padre utiliza vestiduras litúrgicas que varían en el estilo, en función del tiempo litúrgico y de las particulares celebraciones. Así, en algunas circunstancias lleva ornamentos antiguos y en otras, ornamentos nuevos. El criterio que se intenta seguir es el de la belleza, porque la liturgia está llamada a expresar, también en el lenguaje humano de los signos, la belleza del misterio de Dios que es Amor. El minimalismo no es el lenguaje apropiado en el arte litúrgico. Como nos han enseñado también los santos, para el culto de Dios hay que reservar lo mejor. De aquí es de donde nace, entre otras cosas, la verdadera caridad y el amor hacia los hermanos. En cuanto al hecho de que utilice de cuando en cuando vestiduras litúrgicas que pertenecieron a sus predecesores, es simple y elocuentemente una señal de continuidad con la historia que nos precede, un aprecio por los “tesoros de familia”, que son patrimonio litúrgico de la Iglesia de ayer y de hoy.
La Cruz pastoral de plata de Pablo VI ha sido sustituida por una dorada…
En las celebraciones litúrgicas el Papa no usa el pastoral, como lo entendemos comúnmente para los Obispos. En el pasado, los Sumos Pontífices, en algunas circunstancias particulares, llevaban la ferula, el bastón en forma de cruz. Con Pablo VI entró en la praxis litúrgica papal, hasta Juan Pablo II, el uso de la cruz pastoral con el crucifijo. Benedicto XVI ha considerado más apropiado para la liturgia papal el uso habitual de la férula, la cruz pastoral sin el crucifijo.
¿Cómo concebir la belleza de la acción litúrgica sin caer en un mero esteticismo?
Teniendo presente que no se puede desvincular la belleza, cuando es auténtica, de la verdad y el amor. Así, la presencia de la belleza en el acto litúrgico remite a aquella Belleza divina en la cual resplandecen la Verdad y el Amor de Dios. Dejarse alcanzar por esa Belleza debe significar la disponibilidad radical a someter la propia vida a la Verdad y al Amor, la voluntad de abandonar la mentalidad del mundo, en cuanto que en él habita el pecado y la rebelión frente al Señor, para abrazar sin tardanza la llamada a la santidad.
En su opinión, ¿se precisa hoy una formación litúrgica más adecuada?
Sin duda. Lo que ya se sentía como una tarea urgente en los tiempos del Concilio Vaticano II, me parece que sigue siéndolo en el presente, quizá con una nota de urgencia aún mayor. Sólo gracias a una verdadera formación litúrgica los ritos y las oraciones de las celebraciones podrán ser el vehículo bello y extraordinariamente rico para entrar en el misterio celebrado. En caso contrario, corremos el riesgo de quedarnos en el umbral de una realidad inaccesible. En el tiempo de la nueva evangelización se requiere también un particular esfuerzo para una renovada formación litúrgica.
Hablemos de la importancia del silencio en la Santa Misa.
En los documentos de la Iglesia se habla, a ese respecto, de “silencio sagrado”. Resulta con claridad que el silencio que debe observarse durante la celebración eucarística es parte integrante del misterio que se está celebrando. La oración de la Iglesia se compone de diversos aspectos, que guardan relación con todo el complejo de nuestra condición humana y con todos los tipos de lenguajes de que seamos capaces. Entonces rezamos con la palabra, con el canto, con la posición del cuerpo. Rezamos también con el silencio, que es sagrado porque nos permite dejar que resuene en las profundidades del corazón la extraordinaria experiencia del encuentro sacramental y de amor con el Verbo de Dios hecho carne, crucificado y resucitado para nuestra salvación.
¿Y qué orientación es preferible en la celebración?
En realidad, la única orientación auténtica de la celebración litúrgica es hacia Dios. Otra cuestión es la que atañe a cómo esta orientación, concretamente, encuentra realización en la disposición del edificio-iglesia, del altar, del crucifijo. Me parece que es fundamental un dato, sobre el cual es necesario ser claros: en la celebración litúrgica todo debe servir de ayuda para que no se pierda la orientación al Señor, y para que se nos ayude a vivir la exhortación contenida al inicio del prefacio: “Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor”.
Al menos en las Misas del Papa, el crucifijo ha vuelto al centro del altar…
Me parece que, sobre esto, el modo más convincente de responder a esa pregunta es remitir a lo que ha escrito Benedicto XVI en el prefacio al volumen de su Opera Omnia llamado Teología de la liturgia, recientemente editado también en italiano: “La idea de que sacerdote y pueblo deberían mirarse recíprocamente en la oración ha nacido sólo en la cristiandad moderna, y es completamente extraña a la antigua. Sacerdote y pueblo, ciertamente, no rezan el uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto, en la oración miran en la misma dirección: o hacia Oriente como símbolo cósmico por el Señor que viene o, donde esto no es posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como el Señor hizo en la oración sacerdotal la víspera de la Pasión (Jn 17, 1). Entretanto se abre camino cada vez más, afortunadamente, la propuesta hecha por mí al final del capítulo en cuestión de mi obra [Introducción al espíritu de la liturgia, pp.70-80]: no proceder a nuevas transformaciones, sino poner simplemente la cruz en el centro del altar, hacia la cual puedan mirar juntos sacerdote y fieles, para dejarse guiar de tal modo hacia el Señor, al que rezan todos juntos”.
El hecho de que el Santo Padre dé siempre la comunión en la boca y de rodillas, ¿quiere ser un ejemplo para toda la Iglesia? ¿Es el camino que se debe preferir?
Yo diría que en este caso vale la pena citar lo que afirma el Santo Padre en el libro-entrevista Luz del mundo, aparecido hace poco en las librerías: “Al hacer que se reciba la comunión de rodillas y al darla en la boca he querido colocar una señal de respeto y llamar la atención hacia la presencia real. No en último término porque, especialmente en actos masivos, como los tenemos en la basílica y en la plaza de San Pedro, el peligro de banalización es grande. […] He querido establecer un signo claro. Debe verse con claridad que allí hay algo especial. Aquí está presente Él, ante quien se cae de rodillas. ¡Prestad atención! No es meramente un rito social cualquiera del que todos podemos participar o no”.
¿Qué lugar revisten el canto y la música? Y sobre todo, ¿qué tipo de música?
El canto y la música son parte integrante de la celebración litúrgica, y no un simple adorno. De ahí que en la liturgia el canto y la música, cuando son en la verdad de su ser, nacen del corazón que busca el misterio de Dios y se convierten en una exégesis del mismo misterio. Por tanto, hay un ligamen intrínseco entre la palabra, la música y el canto en la celebración litúrgica. Música y canto, en efecto, no pueden ser desligados de la palabra, la de Dios, de la cual en cambio han de ser interpretación fiel y des-velamiento. Esta es la objetividad del canto y de la música litúrgica, que no debería nunca entregarse a la extemporaneidad superficial de sentimientos y emociones pasajeras que no responden a la grandeza del misterio celebrado.
La historia de la Iglesia nos ha entregado, como repetidamente recuerdan los documentos del magisterio, dos formas musicales ejemplares desde este punto de vista: me refiero al canto gregoriano y a la polifonía romana clásica. Se trata de formas musicales que se ponen al servicio de la liturgia sin hacer de la liturgia un espacio al servicio de la música y del canto. Como tales deben ser conservadas, y a partir de ellas hay que dar vida y enriquecer el patrimonio de la música litúrgica de nuestro tiempo.
¿Qué suerte le está correspondiendo al latín?
Antes que nada, el latín está nativamente ligado al gregoriano y a la polifonía romana clásica; y, en consecuencia, no puede por menos que ser conservado y valorado en este ámbito litúrgico. Añado sin embargo que hay también otros componentes de esta lengua, como su capacidad de dar expresión a aquella universalidad y catolicidad de la Iglesia a la que verdaderamente no es lícito renunciar.
¿Cómo no sentir, en este contexto, una extraordinaria experiencia de catolicidad cuando, en la basílica de San Pedro, hombres y mujeres de todos los continentes, de nacionalidades y lenguas diversas, rezan y cantan juntos en la misma lengua? ¿Quién no percibe la cálida acogida de la casa común cuando, al entrar en una iglesia de un país extranjero puede, al menos en algunas partes, unirse a los hermanos en la fe en virtud del uso de la misma lengua? Para que esto continúe siendo concretamente posible, es necesario que en nuestras iglesias y comunidades se conserve el uso del latín, por vía ordinaria y con la debida sabiduría pastoral.
Como Usted decía, hace poco se ha publicado el undécimo volumen de la Opera Omnia de Joseph Ratzinger, precisamente sobre el tema de la liturgia. ¿Se puede afirmar que este es uno de los temas de fondo del pontificado de Benedicto XVI?
Creo que no hay duda sobre ello. Baste pensar en las repetidas intervenciones del Santo Padre en materia litúrgica desde el inicio de su pontificado, o también en la importancia dada a las liturgias celebradas en San Pedro, en Roma, en Italia y en cualquier parte del mundo. Por otra parte, un motivo dominante en el pensamiento del teólogo Joseph Ratzinger y en el magisterio de Benedicto XVI es el del primado de Dios, el de la prioridad absoluta del tema “Dios” y, por tanto, el de la Liturgia, para que no se pierda la correcta y verdadera orientación en la vida de los hombres, en la vida de la Iglesia.
Fuente: Revista Palabra, Madrid, enero de 2011
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>La Epifanía.

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El nombre griego de esta fiesta (Epiphania, Theophania, τα επιφανια, Θεοφανια), indica en seguida su procedencia oriental. Nos da la primera noticia Clemente Alejandrino (+ 215), según el cual la secta gnóstica de los basilidianos conmemoraba en este día el nacimiento y el bautismo de Jesús. La gnosis herética decía que sólo en el momento del bautismo la divinidad se había unido a la humanidad de Cristo; debía, por tanto, desde entonces contarse el verdadero nacimiento de Jesús. No es improbable que una memoria parecida fuese celebrada en alguna iglesia cristiana del Oriente; aunque, si acaso, debió tratarse de una fiesta secundaria. Orígenes, en el elenco de las fiestas cristianas inserto en sus obras contra Celso, no hace ninguna mención; por el contrario, resulta de la Passio S. Philippi, de Heraclea, que en el 304 la Epifanía en esta ciudad era considerada como dies sanetus. Parece, sin embargo, que fue el misterio de la Navidad el que en Oriente fue desde el principio considerado como objeto primario de esta solemnidad. Sólo más tarde, en el siglo IV, cuando fue introducida la nueva fiesta occidental del 25 de diciembre, el recuerdo del bautismo pasó a primera línea. En efecto, en los antiguos calendarios coptos, la Epifanía es llamada Dies baptismi sanctificati, Immersia Domini, y las Constituciones apostólicas prescriben que los siervos in Epiphaniae festo vacent, quia in eo demónstrala est Christi dwinitas, quando Pater testimonium ei praebuit in baptismo. En este día eran bautizados los catecúmenos, de donde el nombre de ημερα των φώτων, τα φώτα, dado por los Padres griegos.

Del Oriente, la fiesta de la Epifanía, como por un cambio con Navidad, se trasladó al Occidente, hacia la mitad del siglo IV, quizá a través de las Galias. Al menos los primeros vestigios se encuentran allí. El escritor pagano Ammiano Marcelino, encontrándose con Juliano el Apóstata (+ 363) en Viena (Delfinado), narra haber asistido con él al servicio religioso feriarum die quem celebrantes mense lanuario christiani Epiphania dictitant. El concilio de Zaragoza (380) la reconoce como fiesta, precedida de un ayuno de tres semanas. San Agustín ha dejado seis sermones predicados en este día. Parece, sin embargo, que la mayor parte de las iglesias occidentales (África, Roma, Rávena), al aceptar la nueva solemnidad del 6 de enero, pretendieron principalmente celebrar no tanto el bautismo de Cristo, como los orientales, cuanto la visita de los Magos (primiliae gentium) al Niño Jesús, en la cual El se manifestó como Señor y Rey a todas las naciones de la tierra. Por lo demás, los numerosísimos monumentos que ha dejado el arte cristiano de los siglos IV-V sobre los cuales están representados los tres Magos ofreciendo al Niño sus dones, demuestran cómo prevalecía este misterio en la mentalidad religiosa de aquella época. Es cierto que San Agustín y principalmente San León en sus sermones muestran no conocer otra finalidad a la fiesta, y el gelasiano en sus textos hace referencia únicamente a este misterio. El primero en hablar de las otras dos teofanías, el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Cana, donde realizó el primer milagro, es San Ambrosio (+ 397), seguido de San Paulino de Nola (+ 431), de San Máximo de Turín (+ d.465) y del calendario de Polemio Silvio, que hace notar el 6 de enero: Epiphania, quo die, interpositis temporibus, stella Magis Dominum natum nuntiabat, et aqua vinum jacta, vel in amne lordanis Salvator baptizatus esí. Esta complejidad de conmemoraciones teofánicas en Oriente se habían unido a aquella primitiva bajo la influencia, según algunos, de costumbres populares de origen pagano, de las cuales la Iglesia quería apartar a los fieles; y de allá llegaron, a través de los países galicanos, hasta Roma, aunque no antes del siglo VII, es decir, después de San Gregorio Magno; pero también entonces quedaban al margen de la fiesta. Es de notar cómo el episodio del bautismo de Cristo, que en Oriente tuvo siempre la preferencia en las fórmulas litúrgicas, quiso expresar una gran idea religiosa, es decir, las bodas místicas de Cristo con la Iglesia, por medio de las cuales ésta adquiere la espiritual fecundidad de engendrar ex aqua et Spiritu sánelo los hijos de Dios. La idea de las bodas sagradas ha hecho entrar las bodas de Cana en el objeto de la fiesta, y, finalmente, como el convertir el agua en vino era considerado como un tipo de la eucaristía, en la Galia se unió el recuerdo del otro gran milagro que fue su símbolo, la multiplicación de los panes. La antífona romana del Benedictas, de sabor griego o siríaco, ha expresado bellamente la idea nupcial epifánica cantando: Hodie caelesti Sponso iuncta esí Ecclesia, quia in lordane lavit Christus eius crimina; currunt cum mu neribus magi ad regales nuptias, et ex aqua jacto vino laetantur convivae.
Como Navidad, la Epifanía tenía una solemne vigilia nocturna El papa la celebraba en San Pedro con doble oficio, el segundo de los cuales, como advierte el XI Ordo romanus, comenzaba con la antífona Ajferte, omitiendo el invitatorio, junto con el versículo inicial del himno, que eran desconocidos para el oficio romano primitivo. Tal es aún el uso actual; el salmo 94, Venite exultemus, se canta en el tercer nocturno, antifonándolo, es decir, intercalando, según la costumbre antigua, a cada uno o dos versículos la antífona del salmo. Muchas iglesias leían en este mismo nocturno los evangelios relativos a los tres acontecimientos conmemorados en este día. Tria sunt evangelio huius solemnitatis — dice Durando — unum de baptismo, scaicec “Factum cst”; secandum de Magis, scil. “Cum natus essst Iesus,” quod dicitur in missa… tertium est de nuptiis. Otras añadían aún un cuarto, el Líber generationis I. C. según San Lucas. Los textos Gel olicio y de la misa de esta solemnidad están en gran parte dirigidos a conmemorar y celebrar la venida y las ofrendas da los Magos. En particular, la colecta, desconocida para el gelasiano, se debe probablemente a la pluma de San Gregorio Magno; la bella secreta es una de las pocas íómiuuas mozaiades entradas en la liturgia romana; el texto especial del Communicantes: diem sacratissimum celebrantes, quo Unígenitus tuus in tua tecum gloria coaeternus in ventóte carnis nostrae visibiliter corporalis apparuit, que parece aludir a las herejías maniqueas de los siglos IV-V, poniendo en antítesis la preexistencia del Verbo en la gloria paterna de la eternidad y su aparición temporal en la realidad de la humanidad asumida sobre el cuerpo aparente de Cristo, debía originariamente haber sido para Navidad. El gelasiano la había adaptado a la Epifanía introduciendo una alusión a los Magos, que después fue suprimida en el gregoriano. Las otras dos teofanías encuentran apenas una alusión en el himno abecedario de Sedulio Crudelis Herodes Deum, cuya primera parte A solis ortus cardine es cantada en las laudes de Navidad y en pocos responsorios y antífonas, entre las cuales la cuarta de las laudes y vísperas, Mana et flumina, y la llamada ad Benedictus; Hodie caelesti Sponso, que hemos citado anteriormente. El bautismo de Cristo fue conmemorado el día de la octava, introducida durante el siglo VIII.
El Pontificóle romanum prescribe que en la misa del día de la Epifanía, cantado el evangelio, e) archidiácono, vestido de pluvial, anuncie al pueblo desde el ambón la fecha de la Pascua y de las otras fiestas movibles del año. Esta costumbre se relaciona con la práctica de los primeros siglos cristianes, cuando desde Alejandría, desde donde eran más especialmente cultivados los estudios astronómicos, se mandaban a todas las iglesias de la cristiandad las llamadas Lettere festali, en las cuales se indicaba la fecha precisa de la Pascua. Fue el concilio de Nicea (325) que confirió al patriarca de la metrópoli egipcia este encargo, entonces tan importante y que parece lo tuviesen ya sus antecesores. La colección de las cartas festales de San Atanasio, descubiertas por Cureton en 1848, nos trae ejemplos interesantes de las fórmulas usadas en esta ocasión. Ya en el siglo V en las iglesias de España el anuncio de estas fiestas se hacía en la misa del día de Navidad inmediatamente después del evangelio. He aquí una fórmula, que, según dom Ferotin, puede remontarse hasta el 450.
En cambio, en la Galia, y en Italia, en Aquileya, Milán y Roma, se anunciaba la Pascua en la fiesta de la Epifanía, como está todavía en uso en la Iglesia latina.
Otro rito propio de la Epifanía es la bendición del agua que, en memoria del bautismo de Cristo, se celebra todavía hoy solemnísimamente por los griegos, y que en el pasado era realizada en muchas iglesias latinas de la Italia meridional, en la Magna Grecia, en el litoral véneto, en Aquileya y en la misma Roma. El rito había tenido, como ya refiere el itinerario de Antonino de Piacenza alrededor del 570, un origen palestinense. En el día de la Epifanía, el pueblo con el clero acostumbraba ir al Jordán, al lugar, indicado por un obelisco señalado con una cruz, donde Jesús había recibido el bautismo. Los fieles echaban en las aguas sagradas vasos llenos de bálsamo, y después el obispo administraba el bautismo a los catecúmenos. El formulario adoptado para esta función, en la mayor parte de las iglesias arriba indicadas, no tenía nada de común con el texto oficial de la iglesia bizantina; solamente imitaban el rito griego de sumergir en el agua la cruz. Wilmart, que ha publicado una antigua recensión (s.IX-X), en uso, según parece; en una iglesia italiana, hace notar la característica epiclesis contenida en ella: Tu lordanis aquas sanctificasti hodie, e cáelo mittens Spiritum tuum sanctum… Tu ergo, idiissime Rex, adesto nunc per adventum sancti tui Spirítus et sanctifica aquam istam. La bendición se terminaba con el Te Deum.
El agua de la Epifanía, como la de la vigilia pascual, era llevada a las casas de los fieles y estimada, dice un ritual antiguo, tamquam thesaurus nobilissimus.
Una octava de la Epifanía se celebraba ya en el siglo IV en Jerusalén. La Peregrinatio nos da amplios informes. El segundo o tercer día se decía la misa en la iglesia del Gólgota; el cuarto, in Eleona, la iglesia del monte de los Olivos; el quinto, in Lazariu, en Betania; el sexto, en la iglesia del monte Sión; el séptimo, en la Anástasis; el octavo, ad Crucem. Ac sic ergo per ocio dies haec omnis iaetitia et is ornatus celebratur in ómnibus locis sanctis quos superius. En Belén se hacia lo mismo. En Occidente, la octava de la Epifanía no aparece en los libros litúrgicos antes del siglo VIII. En Roma, en cambio, debía de existir mucho antes un triduo estacional inmediato a la Epifanía, porque de estas tres ferias (segunda, tercera y cuarta) el leccionario de Wurzburgo nos ha transmitido las perícopas escritúrales, y es probable que entonces también formaban parte las evangélicas (bautismo de Jesús, bodas de Cana), actualmente distribuidas en la octava y en la dominica sucesiva. Según el XI Ordo (s.XII), los maitines de los días del octavario tenían en San Pedro solamente tres salmos y tres lecciones, mientras que, por lo que refiere el Ordo Bernhardi cara., en la basílica lateranense se repetía el oficio de la fiesta, pero iniciándolo con el invitatorio Christus apparuit nobis… El día de la octava, por evidentes influencias bizantinas, se quiso celebrar la conmemoración del bautismo de Cristo en el Jordán, que en las liturgias del Oriente tenía especial importancia. Se le dedicaba, en particular, el oficio nocturno, ya dejado, pero que en tiempo de Durando se recitaba en muchas iglesias. En Roma, en el siglo XII, el antifonario de San Pedro observa que en los maitines se repetía aquello de la Epifanía, pero todas las antífonas de las laudes son conmemorativas del misterio bautismal de Cristo; éstas estaban ya en uso en tiempo de Carlomagno. En la misa actualmente apenas se alude en las perícopas evangélicas, pero el leccionario de Murbach (s.VIII) indica en origen también una lección de Isaías (12:3-5) alusiva a las aguas milagrosas brotadas en el desierto. Las tres oraciones se encuentran en el gelasiano, pero no como propias de la octava, que no conoce todavía, sino entre aquellas de recambio asignadas a la fiesta de la Epifanía.
Las dominicas que siguen después de Epifanía y hasta Septuagésima son actualmente seis; pero en los antiguos libros litúrgicos cambia mucho el número. Algunos traen tres, cuatro; otros, seis, y otros hasta diez y once. Probablemente este número, imposible de ser contado antes de Septuagésima, hace referencia todavía a la época anterior al siglo VI, cuando en Roma el tiempo de Septuagésima era desconocido y las dominicas se contaban de la Epifanía a 1ª Cuaresma propiamente dicha. La segunda de las actuales dominicas post Epiphaniam era llamada en el lenguaje popular medieval Festum Architriclini, por el motivo de la perícopa evangélica de las bodas de Cana que todavía se lee. Nótese además que, a partir de la cuarta dominica. los cantos salmodíeos de las misas dominicales son los mismos de la tercera, cambiadas solamente las perícopas de la epístola y del evangelio. Es una anomalía que, como decíamos, encuentra su explicación en la inestabilidad propia de esta última parte del ciclo después de la Epifanía, más o menos largo según el comienzo del ayuno cuaresmal.