>La Presentación de Jesús y la Purificación de María.

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Transcurridos cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María, conforme a la ley mosaica, se presentó al templo para purificarse y para rescatar su primogénito haciendo la oferta de los pobres, un par de tórtolas o de palomas. Fue en esta ocasión que el santo anciano Simeón y la profetisa Ana se encontraron con Jesús y lo reconocieron.
La primera conmemoración y celebración litúrgica de este episodio evangélico nos es atestiguada en Jerusalén por la Peregrinado, de Eteria (395), que le da el nombre genérico de Quadragesima de Epiphania. Era celebrada valde cum summo honore… nam eadem die processio est in Anastase et omnes procedunt et ordine aguniur omnia cum summa laetiiia ac si per Pascia. De Jerusalén se esparció esta solemnidad poco a poco a todo el Oriente con el nombre de υπαπαντή — occursus (Domini), fijada el 2 de febrero, en relación con la fiesta recientemente introducida del 25 de diciembre. A principios del siglo VI, sabemos por Severo, patriarca monofisita de Antioquía (512-518), que se celebraba en toda Palestina y en la ciudad de Constantinopla, la cual la había introducido hacía poco tiempo, modo aemulatione incitata, eiusmodi usum ab alus apte mutuatum secuta est.

Quizá por el ejemplo de Constantinopla, también Roma la acogió en el número de sus fiestas. El gelasiano contiene las tres oraciones de la misa, intituladas In Purificatione S. Mariae, si bien todas se refieren a la presentación de Jesús en el templo. Ninguna alusión a la procesión (letanía), la cual nos es atestiguada, con el uso concomitante de los cirios encendidos, en un documento contemporáneo, si no anterior, el arcaico Ordo de San Pedro. No es, por tanto, exacta la noticia del Líber pontificalis que el papa Sergio I (687-701) haya instituido la procesión de la fiesta del Ipapante; la procesión existía ya antes. Probablemente el papa dispuso que la letanía del 2 de febrero fuese repetida en las otras tres fiestas marianas. Es igualmente arbitrario atribuir la institución al papa Gelasio (490-496), con el fin de contraponer una costumbre popular cristiana a las procesiones nocturnas que hacían los paganos a la luz de antorchas en la solemnidad de las lupercales. Varios escritores, comenzando por el Venerable Beda, la han afirmado, pero ninguna razón histórica comprueba tal hipótesis; más aún, muchas circunstancias la hacen improbable. El cortejo de las lupercales se realizaba en fecha diversa, el 15 y no el 2 de febrero y seguía un itinerario diverso del de los fieles romanos. En la época en que la procesión fue instituida, las lupercales habían caído en desuso hacía tiempo. En las otras iglesias del Occidente, la nueva fiesta romana entró más bien tarde. Alcuino (+ 804) atestigua que en sus tiempos muchos la ignoraban. En España no se encuentra en los calendarios litúrgicos antes del siglo XI.
En Roma, el Ipapante se desenvolvía con aire de solemnidad, pero teñido de penitencia. “Aurora ascendente,” escribe el Ordo de San Amando (s.IX), el clero y el pueblo de las varias parroquias (fítulos), salmodiando y llevando velas encendidas, se recogía en la iglesia de San Adrián, para salir de allí en procesión hacia Santa María la Mayor, la iglesia estacional. El papa induit se vestimentas nigris et diaconi similiter pianitos induunt nigras, la schola comienza la antífona Exurge, Domine, con el Gloria, despues que el papa sale al altar y recita la oración ad collectam. Comienza entonces la procesión, en la cual todos van con los pies descalzos, mientras la schola, que sigue al pontífice, y el clero, que le precede, se alternan cantando antífonas. Llegados a Santa María la Mayor, el papa celebra la misa solemne, en la cual se deja el canto del Gloria in excelsis. El Ordo de San Amando no alude a una bendición de las candelas; probablemente en esta época no estaba todavía instituida. Puede ser una prueba el hecho de que, según las otros Ordines románi, 110 es el papa el que bendice las candelas, sino uno o más cardenales, en la iglesia de Santa Martina. De todos modos, las primeras fórmulas de bendición se encuentran en el famoso sacramentarlo de Padua, unidas al texto por una mano distinta hacia el final del siglo IX o a principios del X.
De las cinco fórmulas prescritas actualmente por el misal, las dos primeras: Domine sánete… qui omnia ex nihilo creasti y Omnip. aet. Deus qui hodierna die… pertenecen al siglo X; las restantes, al siglo XI.
También es más tardío el canto Nunc dimittis, intercalado con la antífona Lumen. En la Edad Media, a las antífonas de origen griego Adorna thalamum tuum, Responsum acce-pit, Obtulerunt pro eo Domino, todavía en uso durante la procesión, muchas iglesias anteponían la célebre antífona Ave, gratia plena, Dei Genitrix virgo… que los griegos repiten al fin de todas las horas canónicas. Es de notar también que las velas no eran encendidas con un fuego cualquiera, sino con un cirio especial bendecido para tal fin. En efecto, muchísimos formularios comienzan con un Benedictio novi luminis o ignis novi. Las velas bendecidas eran llevadas a casa y justamente, tenidas como que estaban dotadas de una sobrenatural eficacia en las infecciones epidémicas, en los partos difíciles, en las tempestades, en la cabecera de los moribundos…
La fiesta de la Presentación de Jesús cierra dignamente el ciclo navideño. Ya que, si bien en los libros romanos lleva casi constantemente el título de Purificación de María, en realidad tanto en el oficio como en la misa tiene por objeto primario la conmemoración del ofrecimiento del Niño en el templo y su encuentro con Simeón y Ana. A estos dos textos se refieren la inmensa mayoría de los textos litúrgicos, es decir, los responsorios de maitines (pero no los salmos, que son de la Virgen), los cantos salmodíeos, las lecturas, las oraciones y el prefacio de la misa.
El carácter de fiesta mariana que se le impuso, parcialmente al menos, por el papa Sergio, se mostraba sobre todo en la procesión, que tenía por meta el mayor santuario mariano de Roma, en el cual dieciocho diáconos de las regiones urbanas llevaban delante del pontífice otros tantos estandartes de la Santísima Virgen. En Milán, hacia el final del siglo XI la letanía partía de Santa María Beltrade, para dirigirse a la catedral, y los sacerdotes llevaban sobre un portatorium la imagen de la Madre de Dios con el Niño, llamada Idea.
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