Homilía de Benedicto XVI en la misa del Corpus Christi en Roma

Queridos hermanos y hermanas: La fiesta del Corpus Domini es inseparable del Jueves Santo, de la Misa en Cena Domini, en la cual se celebra solemnemente la institución de la Eucaristía.

Mientras en la tarde del Jueves Santo se revive el misterio de Cristo que se nos ofrece en el pan partido y en el vino versado, hoy, en la conmemoración del Corpus Domini, este mismo misterio es propuesto a la adoración y a la meditación del Pueblo de Dios, y el Santísimo Sacramento es llevado en procesión por las calles de las ciudades y pueblos, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el Reino de los cielos. Aquello que Jesús nos ha donado en la intimidad del Cenáculo, hoy lo manifestamos abiertamente, porque el amor de Cristo no es reservado a algunos, sino que esta destinado a todos.

En la Misa in Cena Domini del pasado Jueves Santo he subrayado que en la Eucaristía acontece la transformación de los dones de esta tierra –el pan y el vino– finalizada a trasformar la nuestra vida y a inaugurar así la transformación del mundo. Esta tarde quisiera retomar esa perspectiva.

Todo inicia, se podría decir, del corazón de Cristo, que en la Ultima Cena, en la víspera de su pasión, agradeció y alabó a Dios y, haciendo así, con la potencia de su amor, ha transformado el sentido de la muerte a cuyo encuentro se dirigía. El hecho que el Sacramento del altar haya asumido el nombre “Eucaristía” – “acción de gracias” – expresa justamente esto: que la transformación de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo es fruto del don que Cristo ha hecho de sí mismo, don de un Amor más fuerte que la muerte, Amor divino que lo ha hecho resucitar de entre los muertos. He aquí el porqué la Eucaristía es el alimento de vida eterna, Pan de la vida. Del corazón de Cristo, de su “oración eucarística” en la vigilia de la pasión, brota aquel dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmicas, humanas e históricas. Todo procede de Dios, de la omnipotencia de su Amor Uno y Trino, encarnado en Jesús. En este Amor esta inmerso el corazón de Cristo; por eso El sabe agradecer y alabar a Dios también ante la traición y la violencia, y de esta manera cambia las cosas, las personas y el mundo.

Esta transformación es posible gracias a una comunión más fuerte que la división, la comunión de Dios mismo. La palabra “comunión”, que también utilizamos para designar a la Eucaristía, resume en sí la dimensión vertical y aquella horizontal del don de Cristo. Es bella y muy elocuente la expresión “recibir la comunión” referida al acto de comer el Pan eucarístico. En efecto, cuando cumplimos este acto, entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se dona a nosotros y para nosotros. Desde Dios, a través de Jesús, hasta nosotros: una única comunión se transmite en la santa Eucaristía. La hemos escuchado hace poco, en la segunda Lectura, con las palabras del apóstol Pablo dirigidas a los cristianos de Corinto: “El cáliz de la bendición que nosotros bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Es el pan que nosotros partimos, ¿no es tal vez comunión con el cuerpo de Cristo? Porque hay un solo pan, nosotros somos, si bien muchos, un solo cuerpo: todos de hecho participamos del único pan” (1 Cor 10,16-17).

San Agustín nos ayuda a comprender la dinámica de la comunión eucarística cuando hace referencia a una suerte de visión en la cuál Jesús le dice: “Yo soy el alimento de los fuertes. Crece y me tendrás. Tu no me transformaras a mi en ti, come el alimento del cuerpo, pero tu te transformaras en mí” (Conf. VII, 10, 18). Mientras el alimento corporal viene asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía se trata de un Pan diferente: no somos nosotros los que lo asimilamos, sino que él nos asimila a sí, así somos conformados en Jesús, miembros de su Cuerpo, una sola cosa con Él. Este pasaje es decisivo. De hecho, propiamente porque es Cristo que, en la comunión eucarística nos transforma en Sí, nuestra individualidad, en este encuentro, viene abierta, liberada de su egocentrismo e inserida en la Persona de Jesús, que a su vez es inmersa en la comunión trinitaria. Así la Eucaristía mientras nos une a Cristo, nos abre también a los otros, nos hace miembros los unos de los otros: no estamos mas divididos, sino una sola cosa en Él. La comunión eucarística me une a la persona que tengo junto a mí, y con la cual quizá no tengo una buena relación, pero también a los hermanos que están lejos, en cada parte del mundo. De aquí, de la Eucaristía, deriva entonces el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, come testimonio de los grandes Santos sociales, que han estado siempre grandes almas eucarísticas. Quien reconoce a Jesús en la Hostia santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre, que tiene sed, que es forastero, desnudo, enfermo, carcelado; y está atento a cada persona, se empeña, de modo concreto, para todos aquellos que están en necesidad. Del don del amor de Cristo proviene por lo tanto nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa, fraterna. Especialmente en nuestro tiempo, en el que la globalización nos hace siempre mas dependientes los unos de los otros, el Cristianismo puede y debe hacer que esta unidad no se construya sin Dios, esto es sin el verdadero Amor, lo que daría espacio a la confusión, al individualismo, al atropello de todos contra todos. El Evangelio mira siempre a la unidad de la familia humana, una unidad no impuesta desde fuera, ni de los intereses ideológicos o económicos, sino a partir del sentido de responsabilidad los unos hacia los otros, porque nos reconocemos miembros de un mismo cuerpo, del cuerpo de Cristo, porque hemos aprendido y aprendemos constantemente del Sacramento del Altar que el compartir, el amor es el camino de la verdadera justicia.

Regresamos ahora al acto de Jesús en la Última Cena. ¿Que cosa a sucedido en aquel momento? Cuando El dice: esto es mi cuerpo que será entregado por Uds., esta es mi sangre que será derramada por Uds. y por una multitud ¿Qué cosa sucede? Jesús en ese gesto anticipa el evento del Calvario. El acepta por amor toda la pasión, con su tormento y su violencia, hasta la muerte de Cruz; aceptándola en este modo la transforma en un acto de donación. Esta es la transformación de la que el mundo tiene más necesidad, porque lo redime desde el interno, lo abre a la dimensión del Reino de los cielos. Pero esta renovación del mundo Dios quiere realizarla siempre a través del mismo camino seguido por Cristo, ese camino, más todavía, ese camino que es Él mismo. No hay nada de mágico en el cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente del grano de trigo que se rompe para dar vida, la lógica de la fe que mueve las montañas con la fuerza mansa de Dios. Por esto Dios quiere continuar renovando la humanidad, la historia y el cosmos a través de esta cadena de transformaciones, de las cuales la Eucaristía es el sacramento. Mediante el pan y el vino consagrados, en los cuales está realmente presente su Cuerpo y Sangre, Cristo nos transforma, asimilándonos a Él: nos involucra en su obra de redención, haciéndonos capaces, por la gracia del Espíritu Santo, de vivir según su misma lógica de donación, como granos de trigo unidos a Él y en Él. Así se siembran y van madurando en los surcos de la historia la unidad y la paz, que son el fin al que tendemos, según el diseño de Dios.

Sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por las calles del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples granos de trigo, custodiamos la firme certeza que el amor de Dios encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y la muerte. Sabemos que Dios prepara para todos los hombres cielos nuevos y tierra nueva, donde reina la paz y la justicia – y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra verdadera patria. También esta tarde, mientras se pone el sol sobre nuestra amada ciudad de Roma, nosotros nos ponemos en camino: con nosotros está Jesús Eucaristía, el Resucitado, que ha dicho: “Yo estoy con Uds. todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Gracias Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque ya es tarde. “¡Buen Pastor, verdadero Pan, o Jesús, piedad de nosotros; nútrenos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos, en la tierra de los vivientes!”. Amen.

Traducción del Italiano: Raúl Cabrera, jesuita Guillermo Ortiz – RV

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s