Capítulo 9: El Ofertorio Parte 4ª: Las oraciones de ofrecimiento

Razón del método: Misal del 62 y Novus Ordo del 69

Intentaré explicar lo más brevemente posible el orden histórico-genético de las oraciones de ofertorio en las dos formas, extraordinaria y ordinaria, del actual Rito Romano, en los dos misales actualmente en vigor, el de 1962 publicado por el beato Juan XXIII y el de su sucesor Pablo VI de 1969.

Misal de 1962

Las oraciones de ofertorio que se rezan no son sino unas cuantas del sinnúmero de oraciones en los misales de la Edad Media. Como se las consideraba cosa privada del sacerdote, no había en ellas ni limitación ni orden. Por eso es casi imposible clasificarlas. Las que pasaron a nuestro misal romano hacia el siglo XI están calcadas de las del Misal de San Galo del siglo IX, y que pronto sirvieron para la celebración de la misa en la corte pontificia.

El ofrecimiento del pan

Al principio, en algunas regiones, ambas materias, pan y vino, eran entregadas y ofrecidas a la vez. En otras, principalmente en Italia, se entregaban ya en el siglo XI por separado el cáliz y la patena. La oración que entonces se decía al ofrecer la forma fue el “Súscipe Sancte Pater” que se encuentra por vez primera en un misal del norte de Alemania, la llamada “Missa Illyrica”. En Italia aparece por aquel mismo siglo el elevar la patena y el cáliz cuando se ofrecen, cosa poco corriente en otras regiones. Desde luego, la oración iba acompañada siempre de muchas otras fórmulas. Su redacción en singular nos confirma su carácter de oración privada del sacerdote. La mención de los “innumerables pecados” la sitúa entre las apologías, oraciones de acusación propia que tanto abundan en la Missa Illyrica. Después de ofrecer la forma, el sacerdote traza una cruz con ella, puesta sobre la patena. El primero que atestigua esta ceremonia es Durando obispo de Mende (siglo XIII), aunque la encontramos como acción diaconal ya en el siglo XI.

La bendición y la mezcla del agua

Una vez ofrecido el pan se pasa a la preparación del cáliz, consistente en echar agua y vino en él. Se trata en el fondo de una preparación meramente material, sin trascendencia religiosa, por eso lo hacían a veces en la sacristía o antes de empezar la misa, como es costumbre del rito dominicano, o durante el salmo o el canto del evangelio como en el rito carmelitano. No obstante ya en el siglo XI encontramos esta ceremonia en el sitio que actualmente ocupa, en algunos misales del norte de Alemania y algo más tarde en Italia. Se trata sin duda del ordinario creado en San Galo y por su colocación, entre dos actos eminentemente litúrgicos como es el ofrecimiento del pan y del vino, es de suponer que se le daba un sentido más profundo. Esto se saca con toda seguridad de las fórmulas con que desde entonces se la acompaña: la bendición del agua, su mezcla con vino y la oración “Deus qui humanae substantiae”.

En Occidente, la mezcla del agua y del vino, adquiere una explicación simbólica. Así como el vino absorbe el agua, así Cristo se apodera de nosotros y de nuestros pecados. Cuando el agua cae en el vino, los fieles se unen con Él, ha quien han seguido por la fe; y esta unión es tan fuerte, que nada ni nadie la romperá, como no es posible separar el agua del vino. Esa es la explicación que nos propone San Cipriano. Otra explicación nos la propone San Ambrosio. Basándose en el evangelio de San Juan, interpreta el agua que se mezcla con el vino, con el agua que salió del costado de Cristo en la que están representados los pueblos redimidos por Él y pues, los sacramentos y la Iglesia. De ambas premisas se dedujo la especulación teológica medieval: la mezcla del agua indica que en la misa no sólo se ofrece Cristo, sino la Iglesia con Cristo. Y fue por esta significación, por la que Lutero, cuando todavía admitía la misa, calificó de impropia la mezcla del agua, porque para él la obra divina quedaba desvalorizada al fundirse con ella la colaboración humana. De aquí que el Concilio de Trento amenazara con excomunión a quien la rechazara.

Era lógico que ante un simbolismo tan profundo de la mezcla se le dedicara especial atención entre las ceremonias. Quien dirige la ceremonia y la bendice es el mismo celebrante, aunque luego el diácono (o el subdiácono en el misal del 62) sea quien eche materialmente el agua en el cáliz. Aunque junto a la fórmula “Deus qui humanae substantiae” abundaban otras tantas basándose en el simbolismo del agua y de la sangre del costado del Señor explicando la misa en referencia a la pasión de Cristo, la que se impuso hace referencia al misterio de la Encarnación y a nuestra participación en la natura divina de Cristo.

Se trata de una antigua colecta romana de Navidad, en la que se intercalaron las palabras “per hujus aquae et vini mysterium” (por este misterio del agua y del vino). La oración se refiere a nuestra participación en la naturaleza de Cristo “…que participemos de la divinidad de aquel que se dignó participar de nuestra humanidad”. Con esto, se acerca visiblemente a la alusión oriental de las dos naturalezas, divina y humana de Cristo. Esta oración, tal cual, la encontramos en el grupo de misales de los siglos X y XI, calcados sobre el ordinario renano de San Galo, llevado a Italia y Roma por los benedictinos.

El ofrecimiento del vino

No es del todo casual el que la fórmula “Offerimus” que encontramos por vez primera en un manuscrito de San Galo del siglo IX, perteneciente al Sacramentario Gelasiano, esté redactada en plural, en evidente contraste con el singular del “Suscipe Sancte Pater”, pues la primera aparece como fórmula que dice el diácono cuando en nombre del celebrante coloca el cáliz sobre el altar. Aún actualmente, en el misal del 62, la rezan en la misa solemne el celebrante y el diácono juntos. En este rito se ha conservado algo de la costumbre antigua de considerar el “ministerio del cáliz” como propio de los diáconos, aunque esta concepción se refería más bien al cáliz con que se daba la comunión bajo la especie de vino a los fieles, conforme veremos más adelante.

Ceremonias y oraciones restantes

Entre las oraciones más antiguas del grupo de fórmulas introducidas por los francos en la misa romana, se cuenta el “In spiritu humilitatis” y, aún hoy en el misal del 62 el “Suscipe Sancta Trinitas”. El primero aparece ya en el documento más antiguo de esta época, el Sacramentario de Amiens, como segunda parte de una oración de ofrecimiento. Se trata de una cita del libro de Daniel 3,39 que luego se aisló. Debe considerarse precursora de la otra (el “Suscipe Santa Trinitas”). Ambas fórmulas son las primeras con que los francos llenaron las escasas ceremonias del ofertorio del antiguo rito romano cuando el pontífice, sin más, depositaba sus ofrendas personales sobre el altar. La antigüedad de estas oraciones se descubre por el puesto que ocupan al final del ofertorio y el modo de rezarlas con el cuerpo inclinado. El “Suscipe Santa Trinitas” (desaparecida con el Novus Ordo del 69) tiene raíces muy antiguas. Recordemos las costumbres bizantina, lo mismo que galicanas e hispanomozárabes, de conmemorar y honrar mediante determinadas partículas los misterios de nuestra fe, como se valían del mismo procedimiento para encomendar a las personas e intenciones más diversas: antiguamente, valiéndose de las partículas aplicaban una serie de intenciones; ahora lo hacían repitiendo el Súscipe (más breve) tantas veces como intenciones había. Más tarde se agrupan todas las intenciones bajo una única fórmula, la que hoy en día (misal del 62) poseemos y que es la última antes del “Orate fratres”

El “Veni Sanctificator”

En el Misal de 1962, justo después del “In spiritu humilitatis” encontramos esta oración que procede del Misal de Store, mezcla de ritos occidentales que se llama generalmente rito irocelta y data de principios del siglo IX. Lo llevaban los monjes irlandeses cuando recorrieron toda Europa fundando monasterios, como por ejemplo, San Galo. Formaba parte del Misal de la Curia Romana y por eso entró en el Missale Romanum de San Pío V. Es una oración fabulosa porque junto al movimiento ascendente de oblación y ofrecimiento, esta se coloca en dirección opuesta: movimiento descendente. Es como una “epíclesis menor”, es decir una invocación al Espíritu Santo para que derrame su virtud santificadora y consagrante. Emparenta así ideológicamente con las famosas fórmulas de las oraciones eucarísticas orientales. Resulta pues muy discutible su desaparición con el Novus Ordo de 1969.

Misal de 1969

Así ha quedado el Ofertorio con la publicación del Misal del 69. El aspecto más llamativo resulta el carácter responsorial de cada “presentación” de las ofrendas. A destacar también la pérdida del carácter oblativo del ofertorio convirtiéndose en una “bendición a Dios” (no de las materias sacrificiales) por los dones que nos procura. Lo más discutible: haber despreciado toda la historia del ofertorio en los ritos cristianos para echar mano del texto de unas “berajás” judías tomadas de las “Berajot” de la Pascua Judía. (Pessah). Pongo a disposición los textos al final de este capítulo.

Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida. Bendito seas por siempre, Señor.

El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana.

Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación. Bendito seas por siempre, Señor.

Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.

Texto de las Berajás pascuales.

No son necesarios más comentarios.

Fuente: http://www.germinansgerminabit.org/

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