La Fiesta de Todos los Santos.


La idea de una conmemoración litúrgica colectiva de todos los santos mártires (ya que la Iglesia antigua sólo a éstos tributaba culto) nació y se concretó primeramente en Oriente. En Antioquía esta fiesta se celebraba en la primera dominica de Pentecostés, es decir, al final del tiempo pascual; y San Juan Crisóstomo nos ha dejado un “panegírico de todos los santos mártires martirizados en todo el mundo,” pronunciado precisamente siete días después de la solemnidad de Pentecostés. En cambio, en Edesa, como ha demostrado Bickell, tenía lugar una fiesta análoga el 13 de mayo. Finalmente, la Siria oriental ya en el 411 hacía memoria de todos los mártires el viernes infraoctava de Pascua.

Esta triple tradición oriental encontró en seguida eco también en Occidente. El más antigqo leccionario romano, el de Wurzburgo, que refleja el uso litúrgico del siglo VI, contiene en la dominica primera después de Pentecostés la indicación Dom. in nat. sanctorum, con la perícopa del Apocalipsis… et ecce turba magna quam dinumerare,.., y el viernes de la octava de Pascua, la estación ad sta Maña martyra. Queda la fecha del 13 de mayo, la cual, si bien se aceptó la última, prevaleció en seguida sobre las otras. Esta, por la influencia de las comunidades ítalogriegas, fue escogida por el papa Bonifacio IV para realizar en el 609 la dedicación del Panteón. Este magnífico edificio, levantado por Agripa (+ 12 a.C.) en honor de Júpiter vengador, había sido cerrado al culto desde el siglo V. El pontífice, obtenido el permiso del emperador Foca, depositó en él numerosas reliquias de mártires, y el 13 de mayo del 609 lo consagró basílica cristiana, en honor de María Virgen y de todos los mártires, con el nombre de S. María ad Maríures. El recuerdo de esta solemne dedicación se celebraba cada año con concurso extraordinario de peregrinos. El papa mismo cantaba la misa estacional, durante la cual, desde lo alto del lucernario abierto en la cúpula majestuosa, se hacía llover dentro del templo una nube de flores y de pétalos de rosa, que descendían sobre los fieles. Era la “rosario” o fiesta de las rosas, tan querida por los romanos.

Un nuevo impulso en Roma, no sólo al culto de los mártires, sino también al de todos los santos en general, lo dio Gregorio III en el 741 con la fundación en San Pedro de un oratorio dedicado in honorem Salvatoris, sanctae Del genitricis semperque virginis Mariae dominae nostrae, sanctorumque apostolorum, martyrum quoque et confessorum Christi, fierfectorum iustorum, en el cual los monjes basilicarios debían celebrar cada día las vigilias, y los presbyteri hebdomadarii, missarum solemnia. Sino que cien años después, en 835, Gregorio IV, como lo atestigua el escritor contemporáneo Adón (+ 874), presionaba sobre Ludovico Pío para que con un decreto real ordenase la celebración, en sus estados, de la fiesta de Todos los Santos con la fecha de 1.° de noviembre.

Fuente: Historia de la Liturgia. Mario Righetti.

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