Capítulo 14: El prefacio

¿Qué significa la palabra “praefatio”? En la liturgia romana precarolingia, pese a la variabilidad de la oración que precede al Sanctus, no se la consideraba separada de la oración solemne. Tanto el nombre de canon como el de praefatio servían para designar toda la plegaria eucarística. Praefatio significa una oración solemnísima, elevada por la comunidad a Dios en su presencia. Con esta significación se encuentra ya en la antigüedad pagana. Virgilio habla de un “praefari divos”, y para Suetonio praefatio era sencillamente la oración unida al sacrificio.

La preposición prae- tiene aquí una idea local y no temporal, como en las palabras prealectio y praedicatio, es decir acciones que se hacen delante o ante alguien, en presencia de otros, pero no antes que otra cosa.

El diálogo introductorio: su antigüedad y significado.

Llama la atención la veneranda antigüedad del diálogo introductorio del prefacio, que poco difiere, como se vio en el capítulo anterior, del que encontramos en la anáfora de San Hipólito y en otros documentos antiguos. Lo comentan ya San Cipriano y San Agustín. Sobre todo se fijan en el “sursum corda”. Para S. Agustín, la invitación a levantar los corazones es la expresión exacta de la postura cristiana durante la oración. Le recuerda aquellas otras palabras de San Pablo: “Buscad lo que está arriba” (Col. 3,1)

Cristo, nuestra cabeza, está en el cielo; allí deben estar también nuestros corazones.

Pero más que el contenido exacto del diálogo debe interesarnos el hecho de que en él se invita a los fieles a que expresen mediante aclamaciones su adhesión a lo que el celebrante va a decir. Estas aclamaciones son un legado de la cultura antigua. Su expresión más antigua era la palabra “axios”, al que corresponde en latín el “aequum et iustum est” (dignum et iustum est que no coincide con el “justo y necesario” de la traducción española o el “cal fer-ho i és de justicia” de la catalana, por cierto)

En el prefacio, el celebrante no quiere honrar a Dios como particular, sino como representante de la asamblea litúrgica, y esta no puede actuar sin el celebrante, ni siquiera es conveniente que pronuncie ella la oración solemnísima juntamente con el sacerdote. Eso sí, no debe dejar de mostrar su asentimiento antes de empezar el celebrante la oración eucarística. El diálogo refleja bien, por lo tanto, la estructura jerárquica de la comunidad reunida ante Dios, definiendo exactamente hasta donde debe llegar la participación del pueblo en el culto durante estos momentos, los más impresionantes.

Otro detalle: el sacerdote no se vuelve hacia el pueblo cuando canta el “Dominus vobiscum”. Se lo impide un fino sentimiento de respeto: está en presencia de Dios y no puede apartar el rostro de Él.

El modo de recitarlo.

Corresponde al celebrante recitar de manera solemne, por lo menos hasta el Sanctus, el prefacio. Ya hice hincapié que antes de empezar a rezarse el canon propiamente dicho en voz baja, lo recitaban en un tono sencillo de lección, por no poder exigir a todos los celebrantes (especialmente a los más ancianos) que cantasen toda este largo esquema de oraciones con la misma solemnidad. Es verdad que el tono del prefacio no era tan complicado como ahora. Cuando el canon dejó de cantarse, la melodía del prefacio fue formándose más artísticamente. No se contentaban en cantarlo en un tono sencillo con algunas cadencias finales, sino que fueron introduciendo melodías variadas, eso sí, de cierta gravedad, sin que pasaran nunca al canto figurado.

La teología del prefacio

La acción de gracias es el tema esencial de todos los prefacios y esta nota sirve para descubrir en él una de las partes más antiguas de la “eucharistia”. El agradecimiento se expresa en primer lugar con un verbo: gratias agere. Lo mismo que en el Gloria; con la única diferencia de que el prefacio de la liturgia romana no ha sufrido influencias orientales, que aquí, como en el Gloria, acumulan muchos más sinónimos. Otro tanto se diga de los nombres de Dios que vienen a continuación. Las anáforas orientales y el Gloria presentan una cantidad abrumadora de títulos. El prefacio romano se contenta sólo con unos cuantos, agrupados actualmente de la siguiente manera: Domine sancte, Pater ominipotens, aeterne Deus. Quizá primitivamente debió darse otra la combinación de sustancias y epítetos.

El primer título (Domine) cargado de recuerdos históricos, por su fuerza expresiva, y también por ser el primero de la serie, y para graduar mejor el acento progresivo de la expresión, quedaba sin epíteto: “Señor” traducción del Kyrios griego.

“Sancte Pater” recuerda el “Pater clementissime” del canon y el “ominipotens aeterne Deus” nos es familiar por las colectas.

A los títulos sigue la fórmula del mediador “por Cristo Nuestro Señor”. Cristo no es sólo mediador que presenta nuestros ruegos a Dios y nos alcanza sus gracias, sino también por el hecho de que en nuestro nombre da el tributo de alabanza al Padre. Desde un punto de vista estilístico, evidente en el ritmo de la oración, la fórmula del mediador es el punto cumbre de la oración que rápidamente pasa al Sanctus.

El nombrar a los ejércitos celestes en compañía de los santos del cielo hace de puente: esta corte celestial se sirve de la mediación de Cristo para presentar sus alabanzas al Padre. Cristo es el rey de la gloria eterna y el primogénito de toda criatura. La enumeración de los coros celestiales posee carácter bíblico y la lista más completa la tenemos en el prefacio común.

El “canon de los prefacios” del siglo XI

Todos los prefacios, fuera del común, no son otra cosa que fórmulas ampliadas a partir de un mismo tipo, usadas con ocasión de las fiestas.

Contra un número exagerado de prefacios (en el Leoniano se contabilizan 267 y en Gelasiano, 54) se produjo una reacción. Por eso San Gregorio recoge en su Sacramentario únicamente 14, entrando en la cuenta el común. La mitad de estos no tenían aplicación en el Imperio franco por estar dedicados a fiestas particulares de Roma. Los siete restantes son los de Navidad, Epifania, Pascua, Ascensión, Pentecostés, los Apóstoles y el común. A estos se añadieron los de la Santa Cruz (siglo IX), el de la Stma. Trinidad, proveniente de España se eligió a partir del siglo XIII para el domingo después de Pentecostés que más tarde se convertiría en el de la Stma. Trinidad.

La antigua tradición romana conocía el de Cuaresma que ya encontramos en el Gelasiano y más tarde en el Gregoriano. Estos 10 prefacios formaban desde el siglo XI el llamado “canon de los prefacios” y sólo fue abandonado en tiempo recentísimo. En el siglo XI, el papa Adriano II introdujo por el sínodo de Piacenza, el prefacio de la Virgen, cuyo texto data del siglo IX.

Ni qué decir tiene que en el Baja Edad Media no se contentaron con esta sobria lista de prefaciones. Alcuino presenta una larga lista de ellos, igual que un misal renano del siglo XI (Misal de Leofric) y como contemplamos en los misales francos.

Fue una innovación histórica cuando, rompiendo definitivamente con la costumbre observada durante ocho siglos, el Papa Benedicto XV en 1919 impuso el prefacio de difuntos cuya ascendencia está en la antigua liturgia hispánica y que también habían conservado algunas diócesis francesas.

Le siguieron más tarde el de San José y en los años 1926 y 1928 respectivamente, los de Cristo Rey y el Sagrado Corazón.

El infinito número de los prefacios de la segunda Edición Típica del Misal Romano (1975)

Resulta evidente que a pesar de la tendencia a enriquecer el canon de los prefacios que apareció a principios del siglo XX, especialmente con la elevación de la categoría litúrgica de algunas fiestas, lo ocurrido con el número de los prefacios en la reforma litúrgica posconciliar es algo nuevo y diverso: parte no tanto de un enriquecimiento del canon de prefacios sino de una nueva mentalidad: la recuperación de la mentalidad y tendencia que la reforma de San Gregorio redujo radicalmente. Pensemos que eran raros los días en que se decía prefacio especial. El prefacio común era el que se decía durante muchos siglos incluso los domingos. Sólo en el siglo XIII empezó a sustituirse, como dije, por el de la Stma. Trinidad hasta que en 1759 la Sagrada Congregación de Ritos lo impuso como prefacio dominical porque, como dice el decreto, “fue un domingo cuando el Padre empezó a crear el mundo, resucitó Jesucristo y bajó el Espíritu Santo sobre el colegio apostólico.

La reforma posconciliar nos ha dejado un nuevo panorama, que no puedo ni deseo juzgar porque me siento incapacitado para ello.

He aquí el listado (y seguramente se me escapan algunos):

Adviento 4, Natividad 3, Epifanía 1, Cuaresma 5, Pasión 2, Pascua 5, Ascensión más después de la Ascensión 3, Ordinario 10, Bautismo 2, el de Confirmación, 3 de Eucaristía, 2 de Ordenaciones, 1 de Penitencia y Unción de Enfermos, 5 para la Virgen más otros 2 para la Inmaculada y Asunción, Ángeles 1, San José otro, 2 de Apóstoles, 2 de Santos, 1 para Mártires, otro para Pastores y otro para Vírgenes y Religiosos, 9 prefacios comunes y 5 de difuntos. A todos estos añadir el de Cristo Rey y el Sagrado Corazón y también el de la Transfiguración y el Bautismo del Señor y por ahí escondidillo el viejo prefacio para la fiesta de la Santísima Trinidad. Total 78.

A todos estos añadimos el de Plegaria Eucarística II y el de la IV que deben decirse como un todo (aunque la mayoría escoge prefacio y recitan la Prex II). Son 80.

Junto a todos estos los 4 de las 4 modalidades de la Plegaria Eucarística V (A, B, C Y D) más los dos de la Plegarias de la Reconciliación (I y II) y los prefacios de las tres modalidades de Plegaria Eucarística con Niños (I, II y III). Si no me equivoco porque soy de letras, 89.

Fuente: http://www.germinansgerminabit.org

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