Capítulo 16: Cronología de la evolución del canon

Entre la anáfora de San Hipólito (siglo III) y el texto más antiguo conservado del actual canon (siglo VIII), que no difiere del actual canon romano sino en algunos pormenores, hay un espacio de casi cinco siglos en que faltan casi por completo documentos sobre el canon. Mediante estudios comparativos se ha conseguido ascender hasta el siglo VI. Pero quedan aún en la oscuridad unos tres siglos. Y estos tres siglos son decisivos para la formación del canon. Nos quedan de aquella época únicamente algunas citas que aluden a las oraciones del canon. Sobre ellas hemos de construir las hipótesis sobre el canon. Prefiero dar aquí una breve síntesis cronológica de la evolución del canon para tener una idea clara de conjunto antes de bajar a detalles en los capítulos siguientes.

La transición del griego al latín: siglo III al IV

La anáfora de San Hipólito está redactada en griego. Es decir, que la diferencia más notable entre ella y el canon romano es la distinta lengua. El cambio de lengua que observamos en el canon tenía que darse con la paulatina desaparición del uso del griego en la vida pública. Tal vez diríamos mejor, con la desaparición del elemento oriental entre los cristianos de Roma que, como sabemos, en los primeros tiempos se componían en parte de extranjeros venidos de Oriente a la capital del Imperio. El tránsito del griego al latín no se hizo de golpe. Por una parte, nos encontramos con las primeras inscripciones latinas en las tumbas papales de la segunda mitad del siglo III y por otra, se cita todavía hacia el 360, un pasaje griego de una oración oblativa romana. Debieron coexistir durante bastante tiempo en Roma ambas lenguas, lo mismo en la vida social que en el culto.

En la mitad del siglo IV se dieron, tal vez como versión de un original en lengua griega, una oración parecida al “Te igitur” un poco más breve, con el núcleo principal del “Quam oblationem”, con las palabras de la consagración muy parecidas a la actual redacción, y también con una oración de ofrecimiento y recuerdo (memento) que de hecho es el germen de las dos oraciones “Supra quae” y “Supplices”. Estos datos se basan en una cita que S. Ambrosio hace del canon romano en una de sus catequesis (De Sacramentis IV 5, ss) y en una oración del antiguo rito visigótico (Liber Ordinum). Hacia fines de este siglo se añadieron al final de canon los primeros mementos de difuntos y las primeras súplicas por los fieles en general.

Muy pronto, a principios del siglo V, debió añadirse al “Te igitur”, el imprimis con el Memento de vivos, época en que la oración de los fieles, ya en disolución, penetró en el canon como oraciones intercesoras, es decir, la petición por la Iglesia, las autoridades eclesiásticas y civiles, juntamente con la lectura de los nombres de los oferentes. En sí había que suponer que siguiendo la costumbre oriental, tales oraciones intercesoras se intercalasen después del canon. Pero no fue así, sino que las pusieron en el sitio que hoy ocupan, quizá porque al final del canon, en algunas misas, se bendecían los frutos de la naturaleza y se terminaba el canon con una doxología.

El papa San León Magno: mitad del siglo V

Sobre la mitad de este siglo, y probablemente ya mucho antes, debió de haber al acabar el canon, un memento de difuntos. No hablan de él los documentos de la época, seguramente porque no pertenecía a la misa ordinaria, sino que se intercalaba únicamente en las misas de difuntos. Enlazaba probablemente con una frase final de la oración anterior en la que se pedía una comunión fructuosa y le seguía una súplica a los santos, pidiendo la unión con ellos. Se mencionarían ya entonces, como lo hacían las liturgias orientales, los santos Juan y Esteban. Fácil de comprender era que el eje en torno al que giraba este grupo de oraciones era la comunión. En época algo posterior se limitó la petición de la comunión con los santos a sólo los clérigos, añadiéndose las palabras “peccatoribus famulis”.

Con esto nos acercamos al pontificado de San León Magno. A él se atribuye la introducción del “Hanc igitur”, oración en que se indicaban los nombres de las personas por las que se ofrecía el sacrificio, en contraposición o elemento complementario del Memento, en que se leían los nombres de los que habían contribuido a la celebración con sus ofrendas. Del mismo papa parece ser el “Communicantes”, que lo añadió al Memento tomando por modelo una oración oriental, por cierto de historia curiosa. Se cuenta que fue San León quien a partir de las palabras “per manus angelorum” formó otra oración distinta: el “Supplices te rogamos” añadiendo el actual final (sanctum sacrificium, immaculatam hostiam).

En esta refundición, cambió el plural “angelorum” por el singular “angeli”, dando así al “Supplices” carácter de epíclesis, a imitación de modelos orientales. Si no existía ya antes, la petición de una comunión fructuosa data por lo menos de esta época. En cambio, el Memento perdió ahora todo su interés por comenzar a encomendarse a los difuntos en el Hanc igitur. Con esto, el “Nobis quoque”, hasta ahora una sola frase, quedaba aislada, y hubo que amplificarla para subsistir como oración independiente. Se puso el nombre de algunos otros santos con una fórmula final de redacción mejorada, uniéndola directamente con el Supplices.

(es recomendable leer esta explicación siguiendo la explicación con el texto del canon delante)

En el siglo VI, fuera de la adición de todavía más nombres de santos al Communicantes y al Nobis quoque, no se registra cambio alguno. La mayor parte de aquel canon coincidía ya con el nuestro.

Los cambios más importantes no aparecen antes del fin de este siglo, cuando San Gregorio Magno fija definitivamente el texto que en la actualidad recitamos. Ordenó y completó las dos listas de santos y dio forma definitiva al “Hanc igitur”, quitándole el primitivo carácter de oración en la que se encomendaban las personas e intenciones por las que se ofrecía el sacrificio. Este pasa a ser ahora el momento de la epíclesis, dando la debida relevancia al “Memento etiam”, es decir poniéndolo no con las demás oraciones intercesoras antes de la consagración, sino en su sitio primitivo, a continuación del “Supplices”, porque debe enlazar con la oración que ruega por una comunión fructuosa y que hace de puente a la petición de la comunión de los santos. Los difuntos, privados del consuelo de la comunión, han de recibir por lo menos como alivio en sus sufrimientos, el sufragio del sacrificio ofrecido por ellos.

Intervención de los francos

Aunque San Gregorio fijó definitivamente el canon, los francos no se pudieron ahorrar algunas modificaciones. Así, Alcuino de Cork añadió en el Memento las palabras “pro quibus tibi offerimus vel…” Le pareció atrevido decir que los que contribuían con sus ofrendas a la celebración eucarística, ofrecían realmente el cuerpo y la sangre de Cristo,

Empezaron además a rezar el canon en voz baja, separándolo cada vez más del prefacio en el tono. Con el trasplante de la liturgia romana al Imperio de los francos aumentaron también las cruces que se trazaban sobre las ofrendas. Anteriores a esta época son únicamente las del “Te igitur”, “Quam oblationem”, “Unde et memores” y “Per quem haec omnia”. Nos informa de ello una carta del papa Zacarías a San Bonifacio con la mención de un “rótulo” (rollo) en que se consignaban las cruces que habían de hacerse en el canon. Las cruces de la doxología final, del Supplices y del Pax Domini son posteriores.

En el siglo XI aparecen los cinco “Amen” que se añaden detrás del “Per Christum Dominum nostrum” del Communicantes, Hanc Igitur, Memento etiam, Nobis quoque y Supplices.

Otras adiciones aparecieron y desaparecieron apenas nacidas. No creo sea de gran interés el comentarlas.

 Fuente: http://www.germinansgerminabit.org

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