Capítulo 17: Te igitur

Después del Sanctus, canto de alabanza general dirigido a la Santísima Trinidad, con el “Te igitur” (Por tanto a Ti, clementísimo…) se vuelve a invocar a Dios Padre, en concreto al “Padre Santo” del prefacio. Allí se le invocaba para alabarle, ahora se le invoca para ofrecerle el sacrificio. Por eso al empezar a pronunciar las primeras palabras, el celebrante se inclina profundamente después de extender y levantar las manos y los ojos: esta inclinación es característica de las oraciones en las que pedimos a Dios que acepte alguna súplica nuestra. Aquí expresa, también con la postura corporal, nuestro ofrecimiento, rogando al cielo reciba benignamente nuestros dones.

La transición de alabanza a ofrecimiento es frecuente en las oraciones eucarísticas que conocemos. Es lo más obvio, dado el doble carácter de acción de gracias y de sacrificio que tuvo esta oración desde su aparición. El título de “Padre clementísimo” es de un sentimiento de ternura inusual en las otras oraciones litúrgicas. Evidencia que la suprema solemnidad de la oración puede ir empapada de la ternura más filial.

El “por Cristo, nuestro Señor” no es una pura fórmula rutinaria. Nos hace caer en la cuenta de que nosotros somos indignos de dirigirnos directamente a Él y por eso buscamos preocupadamente un valedor: Cristo mediador. No tiene absolutamente pues, carácter de formalismo. No es el final de una oración ya terminada, sino que es como su centro a una con el “rogamus et petimus”, con el que forma una unidad estrecha. Sólo es una petición en su forma exterior. Lo que pretende es presentar a Dios Padre nuestras ofrendas por mediación de su Hijo Unigénito y que se digne aceptarlas.

Los tres nombres de las materias sacrificiales y las cruces.

Las materias sacrificiales se designan con tres nombres: dona, munera y sacrificia (dones, oblaciones y sacrificios).

Dona: dones, es decir regalos que, considerados en sí mismos, los hombres los pueden también cambiar entre sí. Munera: Oblaciones, prestaciones exigidas por la ley como contribución a determinados fines públicos. Y sacrificia: sacrificios, que son ofrendas sagradas dedicadas a Dios.

Al decir estas palabras se trazaban tres cruces sobre la forma y el cáliz. Ordinariamente solemos tomar estas tres cruces como bendiciones del sacerdote a las materias sacrificiales. No es esto exacto, pues no las acompaña término alguno que hable de bendición, además las mismas cruces van envueltas en expresiones parecidas aún después de la consagración, cuando ya no tiene sentido hablar de bendición. Estas tres cruces no tienen más finalidad que señalar las ofrendas. Lo exigía así la solemnidad de la oración: eran de tanta categoría los dones, que había que señalarlos con la mano cada vez que se les mencionaba. Así lo exigían las leyes del antiguo arte retórico. Con el tiempo el gesto de pura inclinación se convirtió en una cruz. Tales cruces indicativas han sido eliminadas en la recitación del Canon Romano con la reforma de Pablo VI.

Las intenciones

Después de la fórmula de ofrecimiento encontramos inmediatamente la manifestación de las intenciones por las que se ofrece el presente sacrificio.

No era nueva la idea cuando se introdujeron en el canon estas y las siguientes oraciones, allá por los siglos IV y V. Desde la cuna del culto cristiano la oración por determinadas intenciones se considera como parte principal del mismo. La novedad aquí era que, interrumpiendo la acción de gracias y el ofrecimiento, las metiesen en el mismo canon. A esta innovación se resistieron las liturgias hispánica y galicana. Para comprender esta innovación hemos de atraer la atención sobre el hecho de que eran los años de las invasiones de los pueblos germánicos, con todo el panorama apocalíptico de desolación que acompañaba el fin del Imperio Romano, pareciendo no bastar únicamente las plegarias comunes u oración de los fieles, después del Credo y la homilía. Había que buscar una mayor conexión con el mismo sacrificio, pronunciándolas dentro de la plegaria eucarística propiamente dicha. Además, no era conveniente que prevaleciese el tono de súplica sobre el ofrecimiento. Esto explica el que no todas las intenciones que se encomendaban en las preces entrasen en el canon: sólo entraron las más importantes: la conservación de la Santa Iglesia Católica, la incolumidad del Pontífice y la protección divina en general.

Pasadas las angustias primeras de la invasión, las oraciones de petición se redactaron en términos más generales, introduciendo entre las intenciones la unidad y el buen gobierno de la Iglesia, no sólo de Roma, sino de todo el orbe, y reservándose puesto especial para encomendar al obispo de la diócesis. En el epíteto “católica” salta el legítimo orgullo por la superioridad de la verdadera Iglesia sobre las sectas arrianas de los nuevos señores temporales: la Iglesia arriana era bastante reducida territorialmente, mientras la Iglesia verdadera se extendía por todo el orbe, era católica.

Pero no exageremos tampoco el influjo que pudieran tener los momentos de persecución sobre la formación de las oraciones. El pedir por la “Iglesia toda” fue idea muy querida siempre a los cristianos. Ahí están las oraciones de la Didaché o cuando el obispo San Policarpo de Esmirna (155-156) fue detenido y pidió que le dejasen orar unos momentos por toda la Iglesia Católica, extendida por el mundo. Lo mismo San Fructuoso de Tarragona (259) que en el momento de subir a la hoguera respondió con voz firme a un cristiano que le pedía le encomendara: “Yo tengo que orar por toda la Iglesia de Oriente y Occidente”.

Al pedir por la Iglesia entraban privilegiadamente aquellos que mayor influjo ejercían sobre ella: sus pastores. Desde los primeros tiempos se encomendaba no sólo al obispo propio, sino también al Papa. De Milán y de Ravena tenemos testimonios sobre esa costumbre del siglo V. Y los Papas lo urgían a juzgar por una carta de Pelagio I (561) a los obispos de Toscana (PL 68,398) Por entonces la palabra “papa” podía entenderse también del obispo de la región; por eso se decía expresamente que se trataba del “papa de Roma”. Estos textos litúrgicos son un testimonio espléndido a favor del primado de Roma.
Adoptado el rito romano por los francos, en su fiel observancia de la nueva liturgia no pusieron otro nombre que el del Papa. Y eso por varios siglos. A partir del siglo XI comienzan a poner con más frecuencia el del obispo.

La súplica por las autoridades civiles

En el siglo V en este mismo sitio se pedía por el Emperador. Al escindirse definitivamente el Imperio en dos mitades, como en Roma no quedaba más señor temporal que el Papa, en la redacción definitiva de la liturgia hecha por San Gregorio Magno no aparece su nombre. Encontramos algunos códices que lo nombran en el espacio de tiempo que va desde el siglo XI al XIII. Resulta evidente que las luchas entre el Papa y los emperadores dejaron su huella material en los códices a través de las raspaduras que borraban el nombre el emperador (considerado malo y pérfido, por supuesto). Con la progresiva desintegración del Imperio y la creciente formación de las nacionalidades, se advierte cada vez con más frecuencia el nombre del rey, cosa lógica también en países alejados del centro de Europa que siempre habían mantenido su independencia.

Cuando la reforma de San Pío V y su “Missale Romanae Curiae”, nacido en ambiente de luchas politicoeclesiásticas, se fueron imponiendo por toda la Iglesia, no volvieron a poner el nombre del Emperador y sí por vía de privilegio el del rey, si es que alguna vez lo habían dejado.

Muy pronto en España, y a partir del año 1761 en Austria.

Fuente: http://www.germinansgerminabit.org

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