El Espíritu de la Liturgia. Joseph Ratzinger.

Selección.

 

La liturgia y el peligro de ser creativos. La influencia del marxismo en el anhelo de creatividad

Pág. 192: Esto significa que la «creatividad» no puede ser una categoría auténtica en la realidad litúrgica. Por lo demás, este término ha crecido en el ámbito de la cosmovisión marxista. «Creatividad» significa que, en un mundo privado de sentido, al que se ha llegado por una evolución ciega, el hombre crea finalmente un mundo nuevo y mejor, partiendo de sus propias fuerzas. En las modernas teorías del arte se alude con ello a una forma nihilista de creación: el arte no debe imitar nada; la creatividad artística es el libre gobierno del hombre, que no se ata a ninguna norma ni a finalidad alguna, y que tampoco puede someterse a ninguna pregunta por el sentido. Puede que en estas visiones se perciba un clamor de libertad que, en un mundo dominado por la técnica, se convierte en un grito de socorro. El arte, así concebido, aparece como el último reducto de la libertad. El arte tiene que ver con la libertad, eso es cierto. Pero la libertad así concebida está vacía: no libera, sino que deja que aparezca la desesperación como la última palabra de la existencia humana. Este tipo de creatividad no puede tener cabida en la liturgia. La liturgia no vive de las «genialidades» de cualquier individuo o de cualquier comisión.

La singularidad de la liturgia eucarística consiste en que es Dios mismo el que actúa, y que nosotros nos sentimos atraídos hacia esta acción de Dios. La liturgia tiene que mostrar el verdadero teo-drama que en ella se realiza

Pág. 197: Esta actuación de Dios, que se lleva a cabo a través del discurso humano, es la verdadera «acción» de la que está pendiente toda la creación: los elementos de la tierra son trans-substanciados, arrancados, por así decirlo, de su enraizamiento creatural, asumidos en el fundamento más profundo de su ser y transformados en el cuerpo y la sangre del Señor. Se anticipan el cielo nuevo y la tierra nueva. La verdadera «acción» de la liturgia, en la que todos nosotros hemos de tener parte, es la acción de Dios mismo. Ésta es la novedad y la singularidad de la liturgia cristiana: Dios mismo es el que actúa y el que hace lo esencial. Da paso a la nueva creación, se hace accesible, de tal manera que podemos comunicarnos con Él personalmente, a través de las cosas de la tierra, a través de nuestras ofrendas.

Pág. 198: Ciertamente, el sacrificio del Logos ya está aceptado para siempre. Sin embargo, nosotros tenemos que pedir para que se convierta en nuestro sacrificio, porque nosotros mismos, como hemos dicho, somos transformados en el Logos y nos convertimos, de esta manera, en el verdadero cuerpo de Cristo: de eso se trata. Y esto es lo que hay que pedir en la oración. Esta misma oración es un camino, es encaminar nuestra existencia hacia la Encarnación y la Resurrección.

En esta «acción», por la que nos acercamos, orando, a la participación, no hay diferencia alguna entre el sacerdote y el laico. Indudablemente, dirigir la oratio al Señor en nombre de la Iglesia y hablar, en su punto culminanate, con el Yo de Jesucristo, es algo que sólo puede suceder en virtud del poder que confiere el sacramento. Pero la participación es igual para todos, en cuanto que no la lleva a cabo hombre alguno, sino el mismo Señor y sólo Él. Para todos nosotros se trata, según se lee en 1 Cor 6,17 de que: «El que se une al Señor es un espíritu con Él». Se trata de superar, en última instancia, la diferencia entre la actio de Cristo y la nuestra, de modo que exista únicamente una acción, que sea, al mismo tiempo, suya y nuestra -nuestra en el sentido de que nos hemos convertido en «un cuerpo y un espíritu» con Él.

La singularidad de la liturgia eucarística consiste, precisamente, en el hecho de que es Dios mismo el que actúa, y que nosotros nos sentimos atraídos hacia esta acción de Dios. Frente a esto, todo lo demás es secundario.

Pág. 199: El hacer queda en segundo plano cuando nos encontramos ante lo que cuenta: la oratio. Tiene que ser visible que la oratio es lo esencial, y que su importancia reside en el hecho de dar paso a la acción de Dios. Quien haya comprendido esto entiende fácilmente que ya no se trata de mirar al sacerdote o dejar de mirarlo, sino de mirar al Señor, salir a su encuentro.

La entrada en escena, casi teatral, de los distintos actores que hoy podemos presenciar, sobre todo en la presentación de las ofrendas, deja, sencillamente, de lado lo esencial. Cuando las particulares acciones exteriores (que realmente no son muchas y se multiplican de manera artificial) se convierten en lo esencial de la liturgia, y la misma liturgia queda degradada en un genérico hacer, se malogra el verdadero teo-drama de la liturgia, que acaba reducido a espectáculo.

La verdadera formación litúrgica no puede consistir en el aprendizaje y ensayo de las actividades exteriores, sino en el acercamiento a la actio esencial, que constituye la liturgia, en el acercamiento al poder transformador de Dios que, a través del acontecimiento litúrgico, quiere transformarnos a nosotros mismos y al mundo. Claro que, en este sentido, la formación litúrgica actual de los sacerdotes y de los laicos tiene un déficit que causa tristeza. Queda mucho por hacer.

Ascesis y liturgia. La participación en la liturgia es principalmente una participación existencial, que requiere un cierto esfuerzo, una cierta ascesis, para que cada uno se ofrezca  a sí mismo a Dios y a los demás, con todas sus potencias, también corporales.

Pág. 200: Al cuerpo se le pide mucho más que el traer y llevar utensilios, o cosas por el estilo. Se le exige un total compromiso en el día a día de la vida. Se le exige que se haga «capaz de resucitar», que se oriente hacia la resurrección, hacia el Reino de Dios, tarea que se resume en la fórmula: «hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo». Donde se lleva a cabo la voluntad de Dios, allí está el cielo, la tierra se convierte en cielo. Adentrarse en la acción de Dios para cooperar con Él: esto es lo que se inicia con la liturgia, para después desarrollarlo más allá de ella. La Encarnación ha de conducirnos, siempre, a la resurrección, al señorío del amor, que es el Reino de Dios, pero pasando por la cruz (la transformación de nuestra voluntad en comunión de voluntad con Dios). El cuerpo tiene que ser «entrenado», por así decirlo, de cara a la resurrección. Recordemos, a este propósito, que el término «ascesis», hoy pasado de moda, se traduce en inglés sencillamente como «training»: entrenamiento.

Hoy día nos entrenamos con empeño, perseverancia y mucho sacrificio para fines variados: ¿por qué, entonces, no entrenarse para Dios y para su Reino? Dice san Pablo: «Golpeo mi cuerpo y lo esclavizo» (1 Cor 9,27). Por cierto, fue precisamente san Pablo el que puso la disciplina de los deportistas como ejemplo para el entrenamiento de la propia vida. Este entrenamiento forma parte esencial de la vida cotidiana, pero debe encontrar su punto de apoyo en la liturgia, en su «orientación» hacia el Cristo resucitado.

Pág. 201: Digámoslo con otros términos: se trata de un ejercicio encaminado a acoger al otro en su alteridad, de un entrenamiento para el amor. Un entrenamiento para acoger al totalmente Otro, a Dios, y dejarse moldear y utilizar por Él.

La liturgia no puede confundirse con un espectáculo entretenido

Pág. 224: Este tipo de atracción no dura mucho [el de una liturgia como espectáculto]; en el mercado de las ofertas de tiempo libre, que siempre incorpora formas de lo religioso para incitar la curiosidad del público, es imposible hacer la competencia.

La liturgia sólo podrá atraer a las personas si no se mira a sí misma, sino a Dios; si se Le permite estar presente en ella y actuar. Entonces ocurre lo que es verdaderamente extraordinario, lo que no admite competencia, y las personas sienten que aquí ocurre algo más que un aprovechamiento del tiempo libre.

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