Λογική λατρεία – UN CULTO CONFORME AL LOGOS DIVINO

 

ppgerhardludwig150113La Liturgia en el pensamiento teológico
de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI

Mons. Gerhard Ludwig Müller

Tras el domingo de Cuasimodo del año 1956 en el que fui invitado por primera vez a la mesa del Señor, cuatro chicos del grupo de primera comunión – entre ellos yo – fuimos llamados a la casa parroquial.

Allí estábamos, nerviosos, de pie en la sala de espera en la que entró, vestido con traje talar, el párroco Philipp Heinrich Lambert, un sacerdote digno y concienzudo de la vieja escuela, para comunicarnos una decisión irrevocable. Nos había estado observando de cerca durante las clases de catequesis. Y dado que todos procedíamos de familias católicas, éramos los elegidos para ser monaguillos ese año. Nos pidió que fuéramos conscientes de tan alta vocación y realizáramos nuestro servicio al altar con devoción y lealtad.

Lo primero era, sin embargo, adquirir práctica como portadores de velas primero y de estandartes después, aprendiendo el comportamiento correcto en el altar. Sólo cuando estuviéramos en condiciones de dar sin titubeos las respuestas en latín de las oraciones ante las gradas y hubiéramos aprendido de memoria el Suscipiat podíamos “servir al altar”. “Servir al altar” significaba representar al pueblo a través de las respuestas en latín, trasladar el misal del lado de la epístola al lado del Evangelio, llevarle al sacerdote el vino y el agua para el ofertorio y sonar las campanillas durante la consagración y antes de la sagrada comunión para de este modo llamar a los fieles a la adoración más profunda de nuestro Señor Jesucristo. Pues, en su inmenso amor hacia nosotros, hace presente su sacrificio en la cruz, y en la comunión se da, de una forma oculta pero real, con su cuerpo y su sangre como comida y bebida para la vida eterna. La espiritualidad del servicio al altar se cristalizaba en nuestra actitud a través de las primeras palabras de la misa y las frases aprendidas en latín: Introibo ad altare Dei – ad Deum qui laetificat juventutem meam.

En ellas se expresa la experiencia de tener la Iglesia como patria espiritual. Dios es el origen y la meta de mi vida. Desde su infancia, un monaguillo solícito se forma una idea de las múltiples situaciones pastorales y experiencias vitales humanas. Está presente en bautizos, entierros, bodas, unciones extremas y comuniones a enfermos. Crece en el seno de la parroquia y pasa a formar parte de la vida de la Iglesia de tal modo que el sensus fidei, el sentir con y pensar con la Iglesia, constituye la configuración decisiva de la propia existencia. Allí donde se experimenta de forma palpable el poder auxiliador y edificante de la gracia de Dios que en Jesucristo se nos ha acercado de un modo insuperable, allí no hay duda que pueda corroer la certeza de la fe en que Dios mismo y sólo ÉL es y siempre será la respuesta a la pregunta que el hombre es para sí mismo durante toda su existencia finita, que siempre anhela la eternidad. Desde mi más tierna infancia lo que asocio con la celebración eucarística es la experiencia de la majestas divina – pero precisamente en la forma del amor hacia el Jesús crucificado y de la alegría sobre su Resurrección de entre los muertos, que también nos da nosotros la esperanza para la vida eterna.

Por esa razón no sólo aprendí con sumo interés las oraciones en latín de un modo fonético-acústico, sino que también leía el Ordinarium missae contenido en el cantoral en la versión de columnas paralelas en latín y alemán. En este sentido resultó de gran utilidad el hecho de que los estudiantes de quinto comenzáramos a dar latín en ese curso. Una y otra vez leí también la introducción teológica a la estructura y el sentido de la misa.

De ahí que, a día de hoy, siga sin compartir un concepto de misterio que define su esencia como lo incomprendido o incomprensible. ¿Acaso Dios no quiere ser comprendido de una forma cada vez más profunda a través de la revelación de su misterio de amor y acercamiento a nosotros en el Logos hecho carne, a pesar de que el amor de Dios escape al razonamiento meramente técnico-racionalista, es decir, a la razón excesivamente plana de un espíritu creado, revelándose a los humildes al tiempo que se oculta a los soberbios? Sigue leyendo

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Formación Litúrgica en la Escuela de Benedicto XVI (V)

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3.  Otras cuestiones doctrinales

Para entender la aplicación del Concilio Vaticano II en la reforma litúrgica hay que considerar diversas realidades que se han hecho presentes en la Iglesia durante la segunda mitad del siglo XX en torno al gran problema teológico, no adecuadamente resuelto, sobre la relación Iglesia-mundo, por ejemplo, la svolta antropologica un criterio clave en la compleja renovación teológica del siglo pasado[1], el proceso del secularismo laicista y relativista[2], la democratización de la Iglesia, la creatividad litúrgica, la reforma litúrgica a favor del diálogo ecuménico[3], etc. La svolta antropologica, al basarse en las facultades del hombre y no en la verdad cristiana del hombre, en medio de la creación redimida, ha tenido consecuencias nefastas para la liturgia, corrompiendo el principio de la singularidad del culto cristiano, que ha llevado a negar el criterio de la continuidad. Una espiritualización litúrgica entendida como intelectualización o ideologización es la muerte de la Liturgia que, por principio, ésta es sensible y sacramental. La integración de lo sensible en lo espiritual  es lo propio del arte de la celebración. En fin, nos encontramos ante dos mentalidades irreconciliables: la preconciliar y la posconciliar.

a)  Recuperar el sentido de lo sagrado

“El vacío o la frialdad de algunas celebraciones litúrgicas o de ciertos templos católicos posconciliares, a veces adaptaciones de templos precedentes, se relacionan con el proceso de secularización, manifestando la sacralidad despojada o el rechazo del símbolismo sacral; esto sucede cuando se convierte la liturgia en terreno de experimentación de variopintas hipótesis teológicas. Cuando la asamblea litúrgica se reduce a encuentro social o cuando la reforma no es fiel a la doctrina se origina un fraude, que convierte la reforma en revolución. “Existe hoy el riesgo de una secularización aduladora incluso dentro de la Iglesia, que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones privadas de aquella participación del corazón que se expresa en veneración y respeto por la liturgia. Es siempre poderosa la tentación de reducir la plegaria a momentos superficiales y apresurados, dejándose llevar por las actividades y preocupaciones terrenas”[4].

“En Alemania, en un nivel bastante alto, se ha dicho incluso que la liturgia no debiera someterse a un esquema previamente fijado, sino que debiera ser creada en el puesto, en la situación concreta, por la comunidad para la que se celebra; tampoco  debiera ser algo ya precocinado, sino compuesto en el momento, algo que sea expresión de sí mismos (…) Está  difundida hoy incluso en niveles eclesiásticos altos, la idea que una persona es tanto más cristiana cuanto más esté empeñada en actividades eclesiales. Se promueve el activismo como forma de terapia eclesiástica (…) La libertad que nosotros esperamos con razón de la Iglesia y en la Iglesia no se realiza por el hecho de introducir en ella el principio de la mayoría (…) En nuestra reforma litúrgica se da la tendencia, a mi parecer equivocada, de adaptar la liturgia completamente al mundo moderno. Por ello, ella debiera acortarse todavía más y debiera liberarse de todo lo que es incomprensible; incluso tendría que ser traducida en una lengua todavía más sencilla, más plana. De este modo, sin embargo, la esencia de la liturgia y la mima celebración litúrgica se maltratan completamente” [5].

 “Nuestra cultura ha cambiado tanto en los últimos 30 años que una liturgia celebrada sólo en latín implicaría una experiencia extraña, insuperable para muchas personas. Lo que nosotros necesitamos es una nueva educación litúrgica, sobre todo los sacerdotes. Debe volver a ser nuevamente claro que la ciencia litúrgica no existe para producir continuamente nuevos modelos, como en la industria automovilística. Existe para iniciar a los hombres en las fiestas y en la celebración, disponiéndolos a acoger el misterio (…) Por desgracia, existe entre nosotros una tolerancia casi ilimitada para los cambios espectaculares y aventurados, mientras no existe  prácticamente para la antigua liturgia. Así vamos con seguridad por un camino equivocado (…) Pienso, pues, que una nueva sensibilidad en relación con la liturgia y con su misterio, junto a una nueva educación litúrgica, sea lo primero que hay que hacer. No es preciso pensar ante todo y pronto en los cambios. Si se encuentra una más profunda comprensión, los cambios vendrán necesariamente”[6].

“La cosa más importante hoy es volver a respetar la liturgia y la conciencia de que no es algo manipulable (…) Ésta es lo primero: vencer la tentación a actuar despóticamente, como si la liturgia fuera propiedad del hombre, y despertar el sentido interior de lo sagrado. El segundo paso consistirá en valorar dónde se han producido cortes muy drásticos para restaurar de modo claro y orgánico las conexiones con la historia pasada. Yo mismo he hablado en este sentido de reforma de la reforma. Pero, a mi parecer, todo esto debe ir precedido de un proceso educativo, que contenga la tendencia a mortificar la liturgia con cambios personales”[7]. Sigue leyendo

Formación Litúrgica en la Escuela de Benedicto XVI (IV)

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 2. La cuestión clave: Concilio Vaticano II y posterior reforma litúrgica

Es costumbre ya hablar de la liturgia herida, en referencia a la liturgia fruto de la reforma litúrgica, tanto en cuanto a los textos, como en cuanto a su celebración concreta. Es decir, la cuestión fundamental es ésta:¿fue una buena interpretación del Concilio la reforma litúrgica, teniendo en cuenta que la Constitución litúrgica pretendió recognoscere[1] (revisar o corregir), aptare[2] (adaptar al tiempo), instaurare[3] (restablecer), accomodare[4] (acomodar una cosa a otra) e instaurare atque fovere[5] (restablecer y fomentar) los ritos litúrgicos y la liturgia en general, sin olvidar que se trataba de un concilio no dogmático, sino pastoral? Es decir, la reforma litúrgica ¿fue una restauración o una revolución? ¿Fue hecha en la continuidad o en la ruptura?[6] El Concilio solicitó un restablecimiento de la Liturgia en un desarrollo orgánico, teniendo en cuenta la reforma reciente iniciada por Pío XII[7].

Así pues, el Concilio Vaticano II dispuso un desarrollo de la Liturgia en la continuidad, es decir, una reforma que no es ruptura y destrucción, sino purificación y crecimiento. Mas, la reforma litúrgica fue actuada por el Consilium ad exsequendam Constitutionem de sacra Liturgia (25-I-1964) y por la Congregación para el Culto Divino (8-V-1969), bajo la dirección personal de Pablo VI, con la participación más de las Conferencias Episcopales que de la curia romana, al menos, hasta 1975[8]. “La Constitución litúrgica del Concilio Vaticano II puso los fundamentos para la reforma, pero tal reforma fue después estructurada por un comité pos-conciliar y en sus detalles concretos no pudo seguir sometida al dictado conciliar. El concilio fue un comienzo abierto, cuyo amplio contexto permitía diversas realizaciones. Si se piensa adecuadamente en todo esto, no se podrá en adelante describir el arco de tensión que se abrió en estos decenios con los términos de tradición reconciliar y reforma pos-conciliar, sino más bien se hablará de confrontación entre la reforma de Pío X y la reforma dispuesta por el Concilio. Así pues, se hablará de grados de reforma y no de un foso entre dos mundos”[9]. Sigue leyendo