«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (V)

Benedicto y María Reina de la Familia

III. ARTE Y LITURGIA.

1. Sobre las imágenes sacras.  La prohibición veterotestamentaria de fabricar ídolos e imágenes de lo que hay en el cielo (Ex 20, 4) tiene una excepción en los dos querubines de oro colocados en los extremos del propiciatorio (Ex 25, 18). Para San Pablo Cristo es el verdadero misterio de la expiación  y el icono oriental de la Cristo Resucitado se relaciona con el Arca de la Alianza. Acontecimientos del Antiguo Testamento son figurados en las catacumbas romanas en relación con los sacramentos, como el paso del Mar Rojo en relación con el Bautismo y el sacrificio de Isaac en relación con la Eucaristía. La celebración litúrgica hace memoria del pasado y lleva en sus entrañas la esperanza escatológica en el ámbito de la muerte y resurrección de Cristo. Las obras figurativas en la Iglesia primitiva tienen un carácter histórico, sacramental, más allá de lo meramente catequético. Las figuras son miradas, no como retratos, sino como memoria (haggadá) alegórica de lo que se hace presente en la liturgia, como la representación del buen pastor.

Un cambio se produce cuando surgen las primeras imágenes de Cristo acheropita (no hecha por manos humanas) a mediados del siglo VI en oriente, y que pretendían representar el verdadero rostro de Cristo. Esta novedad fascinante fue considerada como una manera de entrar en comunión sacramental con el Señor crucificado y resucitado. Pero esta riqueza provocó el peligro de llegar a adorar la imagen, que explica el movimiento iconoclasta, que llevó a destruir las imágenes, pues no era posible retratar a Cristo. Esta oposición, que ayudó al emperador a no disgustar demasiado a los judíos y musulmanes del imperio, originó la preferencia de la cruz desnuda sobre la imagen. Por este camino se llegó a considerar el icono de Cristo como icono del resucitado, a quien se reconoce sólo después de un tiempo, cuando se abren los ojos, como sucedió a los discípulos de Emaus. Sigue leyendo

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Capítulo 11: Los gestos de Conveniencia

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Reunimos bajo este título una serie de gestos de importancia secundaria, dictados más que por una finalidad espiritual, por un sentido de decoro y de buena educación.

A) El sentarse. — Es la actitud de quien enseña y de quien escucha. El obispo, ordinariamente, hablaba a los fieles sentado en la cátedra; los fieles escuchaban su palabra también sentados. Ego sedens loquor -decía San Agustín- vos stando laboratis (1). El pueblo se sentaba también mientras se hacían las lecturas. San Justino lo supone ya, y San Agustín recomienda al diácono Deogracias que durante la predicación haga sentarse a los fieles, a fin de que no se cansen. Se sentaba también el celebrante con los sacerdotes durante el canto del responsorio gradual. San Jerónimo escribe: In ecclesia Romae presbyteri sedent et stant diaconi, licet… ínter presbyteros, absente episcopo, sedere diaconum viderim (2). Para el pueblo no había escaños a propósito, sino que todos se acomodaban directamente sobre el pavimento o sobre esteras. El uso de los bancos en la iglesia es relativamente reciente. Fue introducido después del siglo XVI siguiendo el ejemplo de las iglesias reformadas que sentían una especial necesidad, dada la importancia preeminente concedida a la predicación. Sigue leyendo

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (IV)

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4. El altar cristiano y el tabernáculo.

En la basílica cristiana hemos constatado novedades fundamentales, como los espacios dedicados a la celebración de la palabra y de los sacramentos, sobre todo el Bautismo y la Eucaristía; más tarde se hablará también del lugar de la Penitencia. En Roma, por ejemplo, en el Vaticano, en tiempos de San Gregorio Magno (590-604) el altar se acercó a la sede, para hacer coincidir el altar con el sepulcro de San Pedro, lo que fue imitando en muchas iglesias estacionales romanas, relacionando al sacrificio de Cristo con los mártires; en San Juan de Letrán y en Santa María la Mayor la sede episcopal se situó en el centro del ábside y el altar se colocó al comienzo de la nave central, como se advierte en el siglo IX.

Hay que añadir que la Eucaristía no se describe adecuadamente bajo la forma de convite, como ya señalamos anteriormente. Es verdad que Cristo instituyó la novedad del culto cristiano en el contexto de una comida pascual, pero lo que ordenó renovar no fue el convite, sino la memoria de su muerte y resurrección, y de hecho pronto se separó del banquete, y el culto  sinagogal de la palabra se fundió pronto con el culto cristiano del sacrificio de Cristo, celebrado sobre el altar, que era enaltecido con un baldaquino del que pendían lámparas encendidas, indicando que se trataba de la confesión, un lugar sagrado.

San Pablo y los Santos Padres son conscientes de la presencia de Cristo en el pan y en el vino consagrados y la finalidad de la celebración eucarística es llegar a ser nosotros un solo cuerpo con Cristo (1 Co 6, 17). El tabernáculo se desarrolló en el segundo milenio, fruto de la doctrina y del culto eucarísticos. La transubstanciación y la adoración al Santísimo motivaron este desarrollo. En la teología y espiritualidad medievales de los Frailes Franciscanos y Dominicos resplandece la fe en la presencia personal de Cristo en la Eucaristía con su verdadero cuerpo, sangre, alma y divinidad. El corpus misticum en el sentido patrístico era el cuerpo sacramental de Cristo y el corpus verum era el cuerpo físico de Cristo, pero en el  medioevo se invirtieron los significados, sin que por ello la visión eucarística cayera en un realismo exagerado. No se puede interpretar la eucaristía como un mero don, abandonando la fe en la presencia real y personal de Cristo. “Es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). En este contexto, el tabernáculo es la plenitud cristiana del Arca de la Alianza y del Santo de los Santos. Nadie se atreva, pues, a decir frívolamente que la eucaristía es para ser comida, no para ser adorada, pues recibir la Eucaristía implica adorar al Señor y dejarse transformar por él. Sigue leyendo