«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (XI)

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h) El vestido litúrgico. Las vestiduras con las que el sacerdote se reviste para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos manifiestan que él actúa in persona Christi capitis. El revestimiento es un símbolo neotestamentario muy utilizado por San Pablo. “Revestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad (Ef 4, 24). “Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os dejéis arrastrar por los deseos de la carne” (Rom 13, 14). Este símbolo paulino no tiene nada que ver con las máscaras rituales usadas en los cultos mistéricos, pues San Pablo se refiere a una transformación interior de la persona a semejanza de Cristo. En este sentido, el sacerdote celebrante es invitado a despojarse del propio yo, nacido en el pecado, para convertirse en algo nuevo a imagen de Cristo.

San Pablo desarrolla este símbolo del revestimiento en una perspectiva escatológica, cuando escribe: “Es necesario que este cuerpo corruptible se vista de incorrupción y que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad” ( 1 Cor 15, 53). “Si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos (…) Los que vivimos en esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida y el que nos ha preparado para esto es Dios” (2 Cor 5, 1. 4-5). De este modo la teología del vestido se convierte en una teología del cuerpo, que es provisorio y, al mismo tiempo, es anticipación del cuerpo definitivo, a imagen del cuerpo glorioso de Cristo. En verdad, el cuerpo de Cristo, que recibimos en la Eucaristía, custodia nuestra vida corporal para la vida eterna. En fin, la teología de las vestiduras litúrgicas nos lleva a algo más allá de los vestidos exteriores, a saber, al cuerpo resucitado de Cristo, imagen de lo que nuestro cuerpo será. Sigue leyendo

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (X)

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e) Liturgia y cultura. Tampoco la danza entra entre las expresiones cristianas de la liturgia. En torno al siglo III algunos grupos gnóstico-docetas quisieron introducir la danza en el culto cristiano; pero no lograron extender sus falsas doctrinas por medio de la danza cultual. Es absurdo querer hacer atractivo el culto introduciendo la danza o los aplausos, pues cuando se produce el aplauso en la celebración litúrgica, podemos estar seguros que se ha perdido la verdadera naturaleza de la liturgia y se trata de sustituirla con atrayentes entretenimientos religiosos. La liturgia es verdaderamente cautivadora sólo cuando va más allá de sí misma y se experimenta la potente presencia de Dios. La cuestión es diversa cuando se trata de piedad popular o de lo que sigue a una celebración litúrgica; todos conocemos danzas religiosas muy respetables en algunos santuarios marianos de España e Iberoamérica. Sigue leyendo

El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (IX)

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c) Estar de rodillas y postrados. Después del último concilio se han escuchado voces afirmando que el arrodillarse y postrarse durante la liturgia es algo ya pasado de moda, pues Cristo nos ha devuelto la libertad. También Aristóteles decía que arrodillarse era un comportamiento propio de bárbaros. Sin embargo, la humillación de Cristo en cruz ha abierto los ojos a los cristianos sobre la conveniencia de contemplar tal misterio de rodillas. En concreto, el estar de rodillas es una herencia bíblica. En el Nuevo Testamento aparece 59 veces la palabra proskynein y de ellas 24 en el Apocalipsis, que es el modelo celeste de la celebración litúrgica  terrena. Y son tres las posturas al respecto, relacionadas, a saber, la postración, el caer a los pies y el arrodillarse. Comencemos por la postración, de la que presentamos dos textos: Josué, antes de la campaña de Jericó, al ver al jefe del ejército del Señor de pie frente a él, “cayó rostro en tierra, adorándolo” (Jos 5, 15). Josué adora a Cristo, el que había de venir, y había de caer rostro en tierra y así rezar en el huerto de los olivos (Mt 26, 39). Lucas, el teólogo de la oración arrodillada, dice que Jesús rezaba al Padre de rodillas, diciendo “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 41-42). En la conformación de nuestra voluntad con la de Dios está el misterio interior de la redención. Sigue leyendo