De si hay un culto agradable a Dios. Jack Tollers

dominican-rite-2

Dificultades: Parece que ningún culto puede agradar a Dios.

1.- Siendo que Dios por definición no necesita de ningún culto y que El mismo ha dicho (Deut. V:6 y 9) que no quiere que nos hagamos “estatua o imagen alguna de cuanto hay arriba en el cielo” que “no las adorararás ni le darás culto”, parece claro que ningún culto agrada a Dios.

2.- Por dos veces Jesucristo cita al profeta Oseas (Os. VI:6) diciendo “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt. IX:13 y XII:7) y el salmista dice igual cosa en el “Miserere” (Ps. LI:18-19): “Los sacrificios no te agradan, y si te ofreciera un holocausto no lo aceptarías. Mi sacrificio, Oh Dios, es un espíritu compungido; Tú no despreciarás, Señor, un corazón contrito”. Ahora bien, el sacrificio constituye la pieza central de todo culto. Luego, si los sacrificios no agradan a Dios, tampoco le agradará culto alguno.

3.- Nuestro Dios es un Dios de los corazones y por tanto mira con atención la intención del que le rinde culto y no la exterioridad de los gestos. Por lo tanto, la exterioridad del culto le resulta indiferente.

Sed contra: Que ya en el Deuteronomio (IV:13) Moisés refiere que Yahvé Dios “mandó que os enseñara las leyes y ceremonias que habíais de guardar”. Y en muchos otros lugares Yahvé manda establecer ciertas ceremonias para el culto (Ex. XVII:19, etc.).  Mas tales ceremonias eran figurativas de las establecidas para la dispensación presente. Razón por la cual el Apóstol (Heb. XII:28) manda que “aceptando el reino inconmovible, recibamos la gracia para tributar a Dios un culto agradable con reverencia y temor”.

Respuesta: En primer lugar debe recordarse que como lo explicó Santo Tomás (I-II q. 102) “Todo el culto exterior de Dios se ordena principalmente a despertar en los hombres la reverencia hacia Dios”.

Mas no sólo los hombres, sino los Angeles que nos enseñan cómo ha de tributarse un culto agradable a Dios. Así aparecen en el Apocalipsis (capítulos IV y V) donde se nos revela a Dios rodeado de “vivientes” que le tributan continuas alabanzas, cánticos y  se prosternan “ante Aquel que está sentado sobre el trono y adoran al que vive por los siglos de los siglos. Estos le rinden culto a Dios y deponen sus coronas ante el trono diciendo: «Digno eres Tú, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria y el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas y por tu voluntad tuvieron ser y fueron creadas»” (Apoc. IV:10-11).

De donde hemos de afirmar que en los cielos se tributa a Dios un culto eterno de su agrado.

Mas conviene advertir que a renglón seguido en el mismo Apocalipsis (Cap. V) Cristo resplandece en el cielo empíreo como quien fue inmolado por eso aparece bajo la figura del Cordero degollado en un sacrificio, que le vale “la alabanza, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos” (Apoc. V:13). Esto así se lo explica uno de los Ancianos que están junto al trono a San Juan porque “el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha triunfado” (V:5).

Ahora bien, merced a ese triunfo de Cristo, también se le puede tributar a Dios un culto que le agrade, aquí en la tierra y en la presente dispensación. Es lo que hacen los veinticuatro ancianos del Apocalipsis, que repiten la alabanza de los Angeles del trono. En efecto, merced al triunfo del Cordero, la Iglesia ha sido asociada por virtud de su sacrificio al único culto que agrada a Dios.

Y debe recordarse aquí con Santo Tomás (I-II q. 99, a. 3) que el hombre, a diferencia de los ángeles, “se encamina a Dios no sólo por los actos interiores, como son creer, esperar y amar, sino con las obras exteriores, con que el hombre protesta ser siervo de Dios”.

Por eso Santo Tomás (I-II, q. 101, a. 1) dice que “al culto divino no sólo pertenecen los sacrificios y otras cosas tales que inmediatamente parecen ordenadas a Dios, sino también la debida preparación para el mismo culto de parte de quienes lo ejercen”.

Mas es en el sacrificio donde se unen en el hombre el culto exterior con el interior. Y en razón de esto es que el sacrificio constituye la parte esencial del culto. Pues bien, si el sacrificio es el centro del culto, el sacerdote está en el centro del sacrificio, como echa de ver el salmista (XXXIX: 7:9): “Tú no te has complacido en sacrificio y la ofrenda, pero me has dado oídos; no buscas el holocausto y el sacrificio por el pecado. Entonces me dije: Héme aquí”.

Ahora bien, como lo recuerda San Pablo (Heb. VIII:3) “todo Pontífice es constituído para ofrecer dones y víctimas”. Y esa ofrenda del Sumo Sacerdote es agradable a Dios por partida doble: por parte de la víctima sin mancha que le es ofrecida y por parte del sacerdote sin mancha que lo ofrece. Se trata de su propio Hijo, a quién envió con tal propósito, como lo dice el Apóstol en la misma carta (Heb. X:5-6) «por lo cual Cristo dice al entrar en el mundo: “Sacrificio y oblación no los quisiste, pero un cuerpo me has preparado. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dice: He aquí que vengo así esta escrito de Mí en el rollo del Libro para hacer, oh Dios, tu voluntad”».

Por lo demás, conviene recordar que en el culto verdadero se repite por tres veces que Dios es “santo”, trisagio que refiere a una sola alabanza en tres tiempos: se celebran las gestas del pasado (alabando a “el que era”) y así se actualiza la fe de los circunstantes (alabando a “el que es”) preparándolos a la vez para un gran acontecimiento por venir (alabando a “el que viene”). Es por esta razón que en la gran liturgia de los cielos los vivientes “claman noche y día sin cesar diciendo Santo, santo, santo el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, el que es, y el que viene” (Apoc. IV:8).

Y así, San Pablo (Hebreos X:19-25), recuerda que el único culto agradable a Dios rememora el hecho de que ahora “por virtud de la sangre de Jesús” disponemos de “un camino nuevo y vivo que El nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”. Esto en cuanto a lo que pasó. Y respecto del tiempo presente nos recuerda que contamos con “un gran sacerdote sobre la casa de Dios”, razón por la cual el Apóstol nos exhorta a no abandonar “la común reunión” en la que se rememora la gesta del León de Judá que mediante el sacrificio nos valió un gran triunfo, que se vuelve a realizar en la Eucaristía y que nos “anima” mientras esperamos “acercarse el día” (Hebreos, X:25).

Y ése es el culto que agrada a Dios.

Soluciones

 

A la objeción primera, que ciertamente, como lo explica San Agustín, todo sacrificio se hace exclusivamente por razón de provecho y no de Dios que,  por definición, no los necesita. Y la razón del culto estriba en que, como dice Santo Tomás (I-II q. 99, a. 3, ad. 3) “las cosas divinas no pueden ser manifestadas a los hombres sino mediante algunas semejanzas sensibles”. Y en el mismo decálogo se prohíbe la idolatría—cultos que desagradan a Dios—para luego mandar que se guarde el día de sábado para santificarlo, indicándose con eso una primera forma de rendir culto a Dios que le resulta agradable, sin perjuicio de los innumerables lugares en la Escritura donde se incluyen determinaciones sobre el culto divino, bajo razón arquitectónica, artística, gestual, formularia, litúrgica, etc.

A la objeción segunda, comentando el texto de Oseas (VI:6) “Misericordia quiero y no sacrificios” recordaremos que San Agustín (De Civ. Dei, X, Cap. V) ha comentado este lugar de la Escritura explicando que “aquí no hay que ver más que una preferencia de un sacrificio sobre otro, puesto que eso que todo el mundo llama sacrificio es el signo del sacrificio verdadero. Y dicho más precisamente, la misericordia es el verdadero sacrificio”.

Pero la prelación de uno sobre otro no significa la abolición del culto que es expresión corporal de los sacrificios espirituales. Como fuere, el mismo Santo (De Trin. I, 14) aclara que, “en todo sacrificio se consideran cuatro cosas, a saber aquel a quien se ofrece, el que lo ofrece, lo que se ofrece y por quiénes se ofrece”. Y Santo Tomás (III, q. XLVIII, a. 3) ha demostrado que en su Pasión, Cristo llevó a cabo el verdadero y único sacrificio agradable a Dios puesto que El es, como hemos dicho, sacerdote y víctima sin mancha alguna. Y si bien Cristo dice en el texto que hemos incluido en la presente objeción que Dios no quiere sacrificios, como explica Agustín (De Civ. Dei, X, 4) “allí mismo donde Dios dice que no quiere sacrificio, muestra que quiere uno. Dios no quiere el sacrificio de bestias matadas, sino el de un corazón quebrantado. Diciendo lo que no quiere, se sobreentiende lo que sí quiere […] El sacrificio verdadero es toda obra cumplida para establecernos en santa sociedad con Dios, toda obra directamente relacionada con nuestro bien, por medio del cual podemos ser verdaderamente felices. De donde resulta que la misericordia por la que socorremos a los demás no es verdadero sacrificio a menos que lo hagamos por consideración a Dios. Pues, a pesar de que lo haga u ofrezca el hombre, el sacrificio es una realidad divina, tanto que los antiguos lo designaban como “res divina”. Por consiguiente, el hombre consagrado por el nombre de Dios y que le ha hecho votos, en la medida en que muere al mundo para vivir por Dios, realiza un sacrificio. Y ese sacrificio pertenece a la misericordia que se tiene para consigo mismo.” De donde se colige que hay un culto agradable a Dios, con tal de que se haga “en espíritu y en verdad” (Jn. IV:24), refiriendo con eso a la necesidad de unir un espíritu misericordioso al Unico Sacrificio de El mismo en la Cruz, cosa que se realiza en una acción litúrgica instituída por Cristo el Jueves de Pasión. Reunidas estas condiciones, ese culto resulta agradable a Dios, según aquello del Eclesiástico (XXXV:8 y 14), que dice que “la oblación del justo engrasa el altar y es un olor suave en la presencia del Altísimo” aunque también manda en el mismo lugar que no se le ofrezcan “dones defectuosos; porque no le serán aceptos”.

A la objeción tercera,diremos en primer lugar con Santo Tomás (I-II q. 103, a. 3) que “el culto exterior debe estar en armonía con el interior, que consiste en la fe, la esperanza y la caridad”. Efectivamente Dios mira al interior de los hombres y aunque dos hombres realicen acciones exteriores parecidas, los juzgará de muy diferente manera según la disposición de cada cual, como se echa de ver claramente en el caso de Caín y Abel (“Yahvé miró a Abel y su ofrenda; pero no miró a Caín y su ofrenda Gén. IV:5).  Y así concedemos que siempre hubo y siempre habrá casos de hipocresía y fariseísmo en donde la distancia entre el exterior y la interioridad de los hombres es muy de notar. Así por ejemplo leemos en el libro de Amós (V:21 y ss.) que Yahvé manifiesta detestar “vuestras asambleas solemnes” y el mismo Cristo (Mc. VII:6) recordó la palabra de Isaías (XXIX:31) desenmascarando la mentira y declarando que: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Me rinden un culto vano, enseñando doctrinas que son mandamientos de hombres”. Mas conviene distinguir entre cuatro casos (teniendo muy en cuenta que el culto es público y que, por tanto, puede haber mezcla de estos casos, como por ejemplo en una asamblea donde se mezclaran justos y pecadores, el fariseo y el publicano): a) una exterioridad mala y un interior malo; b) exterioridad e interioridad buenas; c) una exterioridad buena con un interior mal dispuesto y, por fin, d) una exterioridad mala y un interior bien dispuesto. Está claro que podemos desechar los primeros dos casos [a) y b)], uno, porque es culto que no agrada a Dios, el otro porque sí le agrada. Quedan los dos casos siguientes. El tercero, de un ornato digno, una liturgia cuidada, rúbricas prolijas y un pueblo que tiene el corazón “lejos” de Dios, es claro caso de fariseísmo que Cristo condenó en términos harto enfáticos y acentuados denuestos como “sepulcros blanqueados”, etc. y que por tanto no merece mayor consideración, pues está claro que Dios abomina de tales ceremonias que pueden tener “ciertamente apariencia de piedad, mas negando lo que es su fuerza” (II Tim. III:5).

Mas es el último “caso” el que conviene tratar aquí con algún detenimiento: el de una asamblea reunida “con ganas de acertar”, con espíritu penitencial y corazones misericordiosos que, sin embargo, rinde un culto a Dios que desmiente tales disposiciones interiores (tributos mal compuestos, alabanzas desplazadas, introducción de cánticos y gestos profanos como aplausos, etc.). Sin embargo parece razonable creer que quienes participan de tales cultos pueden sin embargo no disgustar a Dios siempre que obren de buena fe, queriendo complacer al Rey de los Corazones.

Con todo, conviene advertir que difícilmente tal estado de cosas pueda perpetuarse ya que, como señala Santo Tomás en otro lugar (I-II, q. 103, a. 4) “las ceremonias son profesiones de fe y en ellas se contiene el culto interior a Dios; y el hombre profesa tanto mediante las obras cuanto mediante las palabras. Pero, si en una y otra, profesa el hombre alguna falsedad peca mortalmente”.

Y no estará de más recordar aquí que Cristo apareció extremadamente airado con los mercaderes del templo, “haciendo un azote de cuerdas, arrojó del Templo a todos, con los ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas” (Jn. II:15) . “Y les dijo: «Está escrito: «Mi casa será llamada casa de oración.» Mas vosotros la hacéis cueva de ladrones»” (Mt. XXI:13). Es obvio que los tales mercaderes procedían con intenciones impuras, pero también que Cristo fija sus ojos en algunas exterioridades: “Y no permitía que nadie atravesase el Templo transportando objetos” (Mc. XI:16)

También es de creer que Dios estará airado con quienes tienen por cometido establecer las rúbricas del culto y celebrar aquellos ritos y ceremonias para el pueblo si no lo hacen con el fin de reflejar la verdadera fe, según aquello del “lex orandi, lex credendi”. Y más si se tiene en cuenta que en las cosas de su oficio tienen obligación de acertar.

Por lo demás, como enseña Santo Tomás, (I-II q. 101, a. 2, 2), “las cosas del culto divino deben revestir la máxima gravedad”. Por tanto quienes establecen o celebran ceremonias irreverentes serán pasibles de la reprobación divina. Y de ellos parece que habló San Judas (10-16) cuando los describió como quienes “blasfeman de todo lo que no entienden”, que “manchan los ágapes”, “apacentándose a sí mismos; nubes sin agua arrastradas al capricho de los vientos; árboles otoñales sin fruto dos veces muertos; desarraigados; olas furiosas del mar que arrojan la espuma de sus propias ignominias; astros errantes; a los cuales está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre”.

Porque establecieron un culto que no agrada a Dios.

Laus  Deo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s