TIEMPO DE CUARESMA

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Dom Prósper Gueranger

Historia de la cuaresma.

Se da el nombre de Cuaresma al período de oración y penitencia durante el cual la Iglesia prepara a las almas para celebrar el misterio de la Redención.

La oración.

A los fieles, aún los mejores, propone nuestra Madre la Iglesia este tiempo litúrgico como retiro anual, el cual les brindará ocasión oportuna de separar todos los descuidos de otras tempora­das, y encender la llama de su celo. A los catecúmenos ofrece, como en los primeros siglos, una enseñanza, una preparación para la iluminación bautismal. A los penitentes, les llama la aten­ción sobre la gravedad del pecado, e inclina su corazón al arrepentimiento y a las buenas resolu­ciones, y les promete el perdón del Corazón de Dios.

San Benito recomienda a sus monjes, en el capítulo XLIX de su Regla, se entreguen este santo tiempo a la oración acompañada de lágrimas de arrepentimiento o de tierno fervor. Todos los fieles, de cualquier estado y condición, hallarán en las Misas de cada día de Cuaresma las fórmulas más admirables de oración con que se pueden dirigir a Dios. Con quince y más siglos de existencia, se adaptan a las aspiraciones, a las necesidades de todos.

Mística de la Cuaresma.

No debemos maravillarnos de que un tiempo tan sagrado como el de la Cuaresma, esté repleto de misterios. La Iglesia, que ha dispuesto la preparación a la fiesta más gloriosa, ha querido que este período de recogimiento y penitencia estuviera aureolado de señalados detalles, propios para despertar la fe de los fíeles y sostener su perseverancia en la obra de expiación anual.En el período de Septuagésima hallamos el número septuagenario que rememora los setenta años de la cautividad de Babilonia, tras los que el pueblo de Dios, purificado de su grosera ido­latría, debía ver de nuevo a Jerusalén, y allí celebrar la Pascua. Ahora la Iglesia propone a nues­tra religiosa atención el número cuarenta, que al decir de San Jerónimo es propio siempre de pe­na y aflicción.

El número cuarenta y su significación.

Recordemos la lluvia de cuarenta días y cuarenta noches salida de los tesoros de la cólera de Dios, cuando se arrepintió de haber creado al hombre (Génesis, VII, 12), y que anegó bajo las olas al género humano, a excepción de una familia. Consideremos al pueblo hebreo errante cuarenta años en el desierto, en castigo de su ingratitud, antes de entrar en la tierra prometida (Números, XIV, 33). Oigamos al Señor, que manda a Ezequiel, su profeta, que permanezca recosta­do por el lapso de cuarenta días sobre el lado derecho, símbolo de lo que había de durar el sitio tras el que sería Jerusalén arrasada. Dos hombres tienen misión de representar en sus personas en el Antiguo Testamento las dos manifestaciones de Dios: Moisés, que representa la Ley, y Elías, que simboliza la Profecía. Ambos se llegan a Dios, el primero en el Sinaí, el segundo en Horeb, pero uno y otro no logran acceso a la divinidad, sino después de haberse purificado por la expiación del ayuno de cuarenta días.

Refiriéndonos a estos hechos memorables comprendemos por qué el Hijo de Dios encarnado para la salvación de los hombres, queriendo someter su carne divina a los rigores del ayuno, hu­bo de escoger el número de cuarenta días para este solemne acto. Preséntasenos, pues, la insti­tución de la Cuaresma en toda su majestuosa severidad, como un medio eficaz para aplacar la có­lera de Dios y purificar nuestras almas.

Levantemos en consecuencia nuestros pensamientos por encima de los estrechos horizontes que nos circundan; veamos el conjunto de las naciones cristianas en estos días en que vivimos ofreciendo al Señor irritado este amplio cuadragenario de expiación, y esperemos que, como en tiempo de Jonás, se digne también este año ser misericordioso con su pueblo.

Temor saludable.

Después de emplear tres semanas enteras en reconocer las dolencias de nuestra alma y sondear las heridas que el pecado nos ha causado, debemos, al presente, sentirnos preparados para hacer penitencia. Conocemos mejor la justicia y la santidad de Dios, los peligros que corre el alma impenitente; y para obrar en la nuestra un retorno sincero y duradero, hemos roto con las va­nas alegrías y futilidades del mundo. La ceniza se ha derramado en nuestras cabezas y se ha humillado nuestro orgullo ante la sentencia de muerte que ha de cumplirse en nosotros.

En el curso de esta prueba de cuarenta días, tan largo para nuestra flaqueza, no nos abandonará la presencia de Nuestro Salvador. Parecía haberse sustraído a nuestras miradas durante los momentos en los cuales no resonaban más que maldiciones lanzadas contra el hombre pecador; pero esa sustracción nos es beneficiosa: es propia para hacernos temblar al ruido de las venganzas divinas. “El temor del Señor es el principio de la sabiduría”; y si nos hemos visto sobreco­gidos de miedo, que se despierte en nosotros el sentimiento de la penitencia.

Ánimo y confianza.

Cobren, pues, aliento los hijos de la Iglesia y aspiren a esa paz de conciencia que es patrimonio exclusivo del alma penitente de verdad. La inocencia perdida se recobra por la confesión humilde del pecado cuando va acompañada de la absolución del sacerdote; pero ha de esquivar el fiel el prejuicio peligroso, de que nada queda ya por hacer después del perdón. Recordemos esta grave sentencia del Espíritu Santo en las Sagradas Escrituras: “Del pecado perdonado no quie­ras nunca estar sin miedo”. La certeza del perdón corre pareja con el cambio del corazón; y puede uno dar rienda suelta a la confianza en cuanto constantemente sienta el pesar por haber pecado y la solicitud constante, asimismo, de expiar en vida los pecados. “Nadie sabe de cierto si es digno de amor o de aversión”, dicen también las Escrituras. Puede esperar ser digno de amor el que siente dentro de sí mismo que no lo ha desamparado el espíritu de penitencia.

Dom Prósper Gueranger(Tomado de su libro “El año litúrgico”)

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