LA MÚSICA SAGRADA Y EL PROCESO DE DESACRALIZACIÓN II

 

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 2. Desacralización de  la  letra

La  grave  decadencia  que  se  va  advirtiendo  en  el  nivel  de  las  melodías  no  podía  dejar  de tener  correlativa   incidencia  en   los  textos  que las  acompañan ,  aunque ,  en  ocasiones,  el   influjo  decadente  provino  originariamente  de  la  mediocridad  de  las  letras,  sólo  compatibles  con  melodías  de  mal   gusto .   En   este   orden   debemos  distinguir   diversos   planos   de   degradación .

  1. Letras triviales

En  un  primer  nivel  de  decadencia  podemos  poner   los  cancioneros que   contiene n  texto s   intrascendentes ,   ligeros  y   chirles .   Con   la   ayuda de   algunos   jóvenes   universitarios   hemos   hecho   acopio   de   cantos   de ese   estilo . . .    habiendo   resultado   tan   elevado    su    número   que   nos vemos  obligados  a  seleccionar.

Leemos en uno de ellos: Sigue leyendo

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«Liturgia y Arte Sacro»: la recuperación de la Belleza en la Liturgia (II)

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Diálogo entre fe y razón

 Un diálogo entre arte y fe no sólo es posible, sino que es urgente y necesario, pero a condición de saber la situación en la que nos encontramos y del firme propósito de no dejarnos atrapar por la confusión (1). Y como la filosofía y la antropología consecuente se traducen en cultura, Nietzsche tuvo una consecuencia cultural, que es el arte de Duchamp. Cuando Nietzsche moría, estaba naciendo Duchamp como artista. Y como Nietzsche dijo “Dios no existe”, treinta años después, su “hijo” cultural dijo: “la belleza no existe”. Duchamp, padre del arte contemporáneo, vivió entre dos guerras mundiales, en un periodo de escepticismo. Si no existe Dios, ¿cómo podemos hablar de algo tan absurdo como la belleza? Desde entonces, el arte toma este camino. De hecho, hoy hablar de la belleza es algo que no tiene mucho sentido. Pero es preciso volver a proponer la belleza como valor, sabiendo que, aunque siempre ha estado en la vida, ahora no está.

En un libro reciente, Umberto Eco escribe: “Dios ha muerto, la belleza ha dejado de existir, la historia ha terminado”. Al desaparecer Dios, desaparece un concepto universal de la belleza, que es uno de sus atributos. Con el relativismo y el subjetivismo, ya no hay cabida para lo universal.  “Una imagen es una impresión de la verdad, a la que dirigir la mirada de nuestros ciegos ojos” (Tarkowsky). Hubo alguno que al leer esta frase se molestó: la verdad, qué es la verdad, qué se cree este… Hay otra cuestión, yo en mi obra intento poner en relación lo universal con lo particular, porque en lo particular, en lo cotidiano, están los universales más importantes, como el amor. Sigue leyendo

«Liturgia y Arte Sacro»: la recuperación de la Belleza en la Liturgia (I)

Anastasis

Introducción.  Palabras del Papa Benedicto XVI: “Ustedes saben que yo insisto mucho en la relación entre fe y razón; en que la fe, y la fe cristiana, solo encuentra su identidad en la apertura a la razón, y que la razón se realiza si trasciende hacia la fe. Pero del mismo modo es importante la relación entre fe y arte, porque la verdad, fin y meta de la razón, se expresa en la belleza y se realiza en la belleza, se prueba como verdad. Por tanto, donde está la verdad debe nacer la belleza; donde el ser humano se realiza de modo correcto, bueno, se expresa en la belleza. La relación entre verdad y belleza es inseparable y por eso tenemos la necesidad de la belleza.

De este modo, la Iglesia ha sido madre de las artes a lo largo de siglos y siglos. El gran tesoro del arte occidental –música, arquitectura, pintura- nació de la fe en el seno de la Iglesia. Actualmente hay cierto “disenso”, pero esto daña tanto al arte como a la fe: el arte que perdiera la raíz de la trascendencia ya no se dirigiría hacia Dios, sería un arte a medias, perdería la raíz viva; y una fe que dejara el arte como algo del pasado, ya no sería fe en el presente. Por eso el diálogo o el encuentro –yo diría, el conjunto- entre arte y fe está inscrito en la más profunda esencia de la fe. Debemos hacer todo lo posible para que también hoy la fe se exprese en arte auténtico, como Gaudí, en la continuidad y en la novedad, y para el arte y no pierda el contacto con la fe”[1].

Se comprende perfectamente la amistad entre Iglesia y artistas a lo largo de los tiempos, también en nuestros días. Se comprende la afirmación reiterada de los papas últimos –de Pablo VI a Benedicto XVI- de esta amistad, que es unidad y absoluta referencia mutua, necesaria, y del llamamiento a expresar en la obra artística el binomio fe-arte, fe-belleza, inseparable de aquel otro de fe-razón, fe-verdad, o fe-bondad. Desde esa visión sobre el arte en general, y sobre el arte sagrado en particular, se entiende el carácter de perennidad del arte, su naturaleza no efímera, su valor universal, más allá de la circunstancia de la época o del gusto del momento, o de los afanes consumistas, su dimensión religiosa, y la misma implicación del artista y de la totalidad de su persona en la obra de arte, sobre todo cuando se trata del arte sagrado, o de arte para la liturgia bien sea la música, la pintura, la escultura o la arquitectura, que, además, no pueden dejar de expresar la iniciativa de Dios, la acción divina que siempre precede a la obra artística, como en la liturgia misma, como en la realidad de lo creado. Sigue leyendo