La Reforma de la Reforma Litúrgica

Benedict XVIMonseñor Guido Marini, maestro de las Celebraciones Litúrgicas del Papa,
Conferencia a sacerdotes, 6- I- 2010.  Traducción de: Zenit.org.

INTRODUCCIÓN AL ESPÍRITU DE LA LITURGIA

Quiero concentrarme con ustedes en algunos aspectos ligados al espíritu de la liturgia. Quiero abarcar mucho, y querría decir muchas cosas. No sólo porque es una tarea exigente y compleja hablar sobre el espíritu de la liturgia, sino también porque se han escrito muchos trabajos importantes que tratan esta materia por autores de incuestionable más alto calibre en teología y liturgia. Pienso en dos personas en particular entre otros muchos: Romano Guardini y Joseph Ratzinger.

Por otra parte, es verdad que hoy es particularmente necesario hablar sobre el espíritu de la liturgia, especialmente para nosotros, sacerdotes. Es urgente reafirmar el “autentico” espíritu de la liturgia, tal y como está presente en la ininterrumpida tradición de la Iglesia, y está atestiguado, en continuidad con el pasado, en las más recientes enseñanzas del Magisterio: comenzando desde el Concilio Vaticano II hasta Benedicto XVI. Uso a propósito la palabra “continuidad”, una palabra muy querida por nuestro actual pontífice, que h a hecho de ella el único criterio autoritativo por medio del cual uno puede correctamente interpretar la vida de la Iglesia, y más específicamente, los documentos conciliares, incluyendo todas las propuestas de reforma contenidas en ellos. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Puede uno verdaderamente hablar de una Iglesia del pasado y de una Iglesia del futuro como si hubiera tenido lugar una ruptura histórica en el cuerpo de la Iglesia? ¿Podría alguien decir que la Esposa de Cristo ha vivido sin la asistencia del Espíritu Santo en un particular periodo del pasado, de manera que su recuerdo debiera ser borrado, olvidado a propósito?

Sin embargo, a veces parece que algunos dan la impresión de apoyar una auténtica ideología, o más bien una preconcebida noción aplicada a la historia de la Iglesia que nada tiene que ver con la fe auténtica.

 Fruto de esta engañosa ideología es, por ejemplo, la continua distinción entre la Iglesia preconciliar y la posconciliar. Este lenguaje puede ser legítimo, pero a condición de que de este modo no se esté hablando de dos Iglesias: una, la Iglesia preconciliar, que no tiene nada más que decir o que dar, porque ya ha sido superada, y una segunda, la Iglesia posconciliar, una nueva realidad nacida del Concilio y, por su supuesto espíritu, en ruptura con su pasado. Esta manera de hablar y aún más de pensar, no debe ser la nuestra. Además de ser incorrecta, está superada y anticuada, quizá es históricamente comprensible, pero está ligada a una época en la vida de la Iglesia que ya ha concluido.

Lo que hemos dicho hasta ahora sobre la “continuidad”, ¿tiene algo que ver con el asunto que queremos afrontar? Si, totalmente. Pues no puede haber auténtico espíritu de la liturgia si no se acerca a ella con espíritu sereno, dejando de lado todas las polémicas con respecto al pasado reciente o remoto. La liturgia no puede y no debe ser un terreno de conflicto entre aquellos que sólo ven lo bueno en lo que vino antes de nosotros, y aquellos que, por el contrario, casi siempre ven lo malo en lo que vino antes. La única disposición que nos permite alcanzar el autentico espíritu de la liturgia, con gozo y verdadero gusto espiritual, es considerar el pasado y el presente de la liturgia de la Iglesia como un patrimonio en continuo desarrollo homogéneo. Un espíritu, por tanto, que debemos recibir de la Iglesia y no una invención nuestra. Un espíritu, añado, que nos lleva a lo esencial de la liturgia, es decir, a la oración inspirada y guiada por el Espíritu Santo, en quien Cristo continúa a hacerse presente entre nosotros hoy, e irrumpe en nuestras vidas. En realidad, el espíritu de la liturgia es la liturgia del Espíritu.  Sigue leyendo

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (y XII)

3. La materia. En la liturgia católica  tiene relevancia no sólo el cuerpo, sino también la materia de este mundo, pues se trata  de un culto encarnado y cósmico. Y la materia entra en la liturgia, primero, mediante tantos símbolos, como el fuego que ilumina el cirio pascual, las campanillas, etc, signos entre otros muchos que han sido explicados en su perspectiva cultual por Romano Guardini y últimamente por Mons. Egon Kapellari (1); y segundo, mediante la materia que forma parte de los sacramentos. Tres de los siete sacramentos no necesitan una materia concreta, porque es el hombre mismo el que sirve de materia, por ejemplo, la penitencia, la ordenación sacerdotal y el matrimonio. Pero en los otros cuatro sacramentos hallamos materias concretas que significan y vehiculan la gracia divina en ellos recibida. Entrar en el significado sacramental de estas realidades materiales es necesario para comprender mejor el espíritu de la liturgia y acoger más fácilmente la gracia; me refiero al agua bautismal, al aceite de la confirmación y de la unción y al pan y vino de la eucaristía. Sigue leyendo

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (XI)

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h) El vestido litúrgico. Las vestiduras con las que el sacerdote se reviste para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos manifiestan que él actúa in persona Christi capitis. El revestimiento es un símbolo neotestamentario muy utilizado por San Pablo. “Revestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad (Ef 4, 24). “Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os dejéis arrastrar por los deseos de la carne” (Rom 13, 14). Este símbolo paulino no tiene nada que ver con las máscaras rituales usadas en los cultos mistéricos, pues San Pablo se refiere a una transformación interior de la persona a semejanza de Cristo. En este sentido, el sacerdote celebrante es invitado a despojarse del propio yo, nacido en el pecado, para convertirse en algo nuevo a imagen de Cristo.

San Pablo desarrolla este símbolo del revestimiento en una perspectiva escatológica, cuando escribe: “Es necesario que este cuerpo corruptible se vista de incorrupción y que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad” ( 1 Cor 15, 53). “Si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos (…) Los que vivimos en esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida y el que nos ha preparado para esto es Dios” (2 Cor 5, 1. 4-5). De este modo la teología del vestido se convierte en una teología del cuerpo, que es provisorio y, al mismo tiempo, es anticipación del cuerpo definitivo, a imagen del cuerpo glorioso de Cristo. En verdad, el cuerpo de Cristo, que recibimos en la Eucaristía, custodia nuestra vida corporal para la vida eterna. En fin, la teología de las vestiduras litúrgicas nos lleva a algo más allá de los vestidos exteriores, a saber, al cuerpo resucitado de Cristo, imagen de lo que nuestro cuerpo será. Sigue leyendo

«El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (X)

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e) Liturgia y cultura. Tampoco la danza entra entre las expresiones cristianas de la liturgia. En torno al siglo III algunos grupos gnóstico-docetas quisieron introducir la danza en el culto cristiano; pero no lograron extender sus falsas doctrinas por medio de la danza cultual. Es absurdo querer hacer atractivo el culto introduciendo la danza o los aplausos, pues cuando se produce el aplauso en la celebración litúrgica, podemos estar seguros que se ha perdido la verdadera naturaleza de la liturgia y se trata de sustituirla con atrayentes entretenimientos religiosos. La liturgia es verdaderamente cautivadora sólo cuando va más allá de sí misma y se experimenta la potente presencia de Dios. La cuestión es diversa cuando se trata de piedad popular o de lo que sigue a una celebración litúrgica; todos conocemos danzas religiosas muy respetables en algunos santuarios marianos de España e Iberoamérica. Sigue leyendo

El Primado de Dios en la Liturgia» de la mano de Joseph Ratzinger (IX)

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c) Estar de rodillas y postrados. Después del último concilio se han escuchado voces afirmando que el arrodillarse y postrarse durante la liturgia es algo ya pasado de moda, pues Cristo nos ha devuelto la libertad. También Aristóteles decía que arrodillarse era un comportamiento propio de bárbaros. Sin embargo, la humillación de Cristo en cruz ha abierto los ojos a los cristianos sobre la conveniencia de contemplar tal misterio de rodillas. En concreto, el estar de rodillas es una herencia bíblica. En el Nuevo Testamento aparece 59 veces la palabra proskynein y de ellas 24 en el Apocalipsis, que es el modelo celeste de la celebración litúrgica  terrena. Y son tres las posturas al respecto, relacionadas, a saber, la postración, el caer a los pies y el arrodillarse. Comencemos por la postración, de la que presentamos dos textos: Josué, antes de la campaña de Jericó, al ver al jefe del ejército del Señor de pie frente a él, “cayó rostro en tierra, adorándolo” (Jos 5, 15). Josué adora a Cristo, el que había de venir, y había de caer rostro en tierra y así rezar en el huerto de los olivos (Mt 26, 39). Lucas, el teólogo de la oración arrodillada, dice que Jesús rezaba al Padre de rodillas, diciendo “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 41-42). En la conformación de nuestra voluntad con la de Dios está el misterio interior de la redención. Sigue leyendo